Mostrando entradas con la etiqueta Artículos intimistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos intimistas. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de julio de 2017

Por siempre

Mendigamos deseos que iremos cumpliendo conforme pasen los años. Nos iremos colocando donde nos merecemos la pena.

No olvidemos los números que nos prefieren con reglas de oro. No cambiemos. Podemos estar en el sitio justo.

Nos desarrollaremos con preguntas que nos harán envolvernos de paciencia. Nos agasajamos otra vez. Podemos estar. Hemos sido siempre.

Nos prometemos estancias repletas de ocasiones que nos harán liderar los espacios donde somos eternos.

Nos hemos acostumbrado. Aprendemos a estar, y por eso nos ubicamos donde la felicidad nos alcanza por siempre. El azar es así. 


Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 28 de enero de 2017

Gratitud eterna




Nos centramos en los requisitos. Es esencial que así sea, pero, al mismo tiempo, hemos de tener en cuenta lo que nos complace y las subjetividades que nos otorgan beneficios sin necesidades extrañas. Progresemos desde la tranquilidad.

Nos hemos de recorrer con superaciones de vicisitudes. Nos hallaremos con responsabilidad. Nos gustaremos. Persigamos que ocurra lo que nos ensalza interiormente.

Constatemos. Hemos de mirarnos con proyectos compartidos, generosos, que tengan ilusiones y sentidos que nos recorran con aspiraciones singulares y coherentes.

Encendamos la existencia. Nos hemos de presentir con garras y ganas de avanzar desde una apertura que nos otorgue creencias en nosotros mismos. Posibilitemos.

Expresemos idealismos sobre el terreno, en la senda cotidiana misma, superando los problemas. Hay un carácter épico en cuanto hacemos, y eso nos regala, debe, garantías de futuro. Nos tenemos desde la máxima estimación en la verdad que nos une. Crezcamos cantando.

La fantasía nos permite avanzar. Nos hemos elegido, y ahora se trata de justificarnos. Tenemos mucho que potenciar, y así nos haremos, renovadamente, más felices. Reporto mi gratitud eterna.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Milagros



Hay quien espera milagros como prueba de que el mundo se justifica con compensaciones rápidas y bondadosas, visiblemente reparadoras de necesidades, de carencias o de tropiezos. Los hay que también los desean con constancia, con recurrencia, a ser posible todos los días. El ansia, en estos casos, nos supera, nos sobrelleva, nos puede. Es claro que así no se advierten.

Por pedir, dicen algunos, que no quede. Y reclaman más, incluso pensando en que tenemos más derechos que otros. Éste es un problema de la sociedad moderna, que se rompe en mil pedazos en pos de conquistas de las que, indudablemente, podemos prescindir. Después de todo pensamos que bregamos para obtener una evolución estrictamente positiva. Luego, con el tiempo, te das cuenta de que esa perfección ni existe, ni es buena tampoco. Las rachas supremas nos colocan en un riesgo real de entontecimiento. Podemos meditar en el sentido de que nos debemos, o nos deben, determinadas cuotas de bienestar cuando en realidad no hemos de demandar más que el resto.

Buena parte de estas crisis nuestras que se solapan tienen que ver con la saturación en el crecimiento. Dice mi amiga Joaquina S. que “el hambre que no tiene hartura no es hambre pura”, y, además, me recuerda que el refranero español, por suerte, apenas falla. Divisamos que la sobreproducción, la sobreexplotación y las expectativas inmensas nos colocan en un peldaño que se resquebraja y nos lanza a una sima sin fondo.

Si contemplamos en nuestro entorno constatamos mil puntos que justifican que los milagros, en plural, en conjunto, para las mayorías, existen, aunque pequeñas y grandes cosas se empeñan en hacernos escudriñar lo contrario, con hechos que nos doblan la espina dorsal por las injusticias que suponen. Las contradicciones del sistema son evidentes, porque también las tenemos nosotros. No siempre nos ponemos de acuerdo con las interioridades, por lo que es verdaderamente milagroso que cultivemos el pacto en lo global. Sin embargo, el hecho es que la tolerancia y la paciencia dominan, no obstante, en ocasiones sugerentemente imponentes.

Oteemos. Cuando hay salud tenemos un milagro al lado, como también lo hay cuando podemos disfrutar de las familias que nos aman, cuando nos estimamos de verdad, cuando llegamos a final de mes, cuando nos deleitamos de la belleza de la mañana, cuando escuchamos el cantar de las aves y las risas de los niños, cuando nos paseamos con un bocata de queso, cuando nos tomamos un zumo con una persona divertida, cuando admiramos, cuando nos escuchan, cuando resolvemos, cuando viajamos, cuando hablamos con los padres, cuando estudiamos lo que nos gusta o cuando trabajamos en lo que nos permite el placer conveniente, sin olvidar los casos en los que experimentamos tantas cosas que nos hacen sonreír o ser en el equilibrio… En esos momentos, el destino nos reporta milagros sucesivos que, quizá por tenerlos sin complejidad, no nos parecen tanto. Lo son.

Instantes irrepetibles

La verdad es que el hecho de respirar, de poder compartir con buenas gentes gratos instantes, que sabemos efímeros, que son irrepetibles, constituyen un milagro que nos construye como Humanidad, que, con el paso de los siglos, ha sido capaz, incluso contra viento y marea, de preservar lo mejor de su genética en etapas sumamente agrias. La Naturaleza, con sus esencias, va abriéndose camino, surgiendo y resurgiendo, y dándose oportunidades para amar y ser amada.

Ciertamente, la existencia está llena de milagros, de excepciones sonantes o silenciosas. Están ahí para regalarnos sentimientos de gratitud, de colaboración, de altruismo, de amistad, de laboriosidad, de consideración, de respeto y de interacción en positivo, además de cientos de idearios ilusionantes. Pensemos lo que pensemos, suceda lo que suceda, sea todo simple o sinuoso, la creación, lo cotidiano, es un milagro, y, ante todo, lo es por lo importante que es para nosotros, lo asumamos así o no, que es deseable que sí. ¡Buen día!

Juan TOMÁS FRUTOS.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El sueño de Pierina

Pierina no canta: sólo duerme. Su cuerpo, cansado de luchar antes de tiempo, se muestra harto de esperas y esperanzas que no surten efectos oportunos. Ahora duerme: necesita descanso para lo que ha de venir.

No sabe que se va de viaje, aunque algo intuye. Por eso no canta: sólo duerme. Su rostro angelical nos lleva por veredas de infancias perdidas con los años, ya faltos de inocencias, rotas por luchas estériles y amasijos de controversias sin sentidos claros. Quizá también por eso duerme. A su corta edad no entienda nada, casi nada.

Hay demasiados barcos hundidos en su estrecho recorrido, y todo se ha colmatado.
Su madre la acoge en sus brazos como si el mundo se acabara, que se agota, sí, para siempre. Nada será igual tras ese sueño de Pierina. Ha luchado como pocos, pero no ha podido ser. Si los besos sanarán, oíamos el otro día en la Gala de los Goya, Pierina sería la más sana del mundo, y la más querida… Pero no la han sanado.

Cinco años en este planeta le han bastado para no saber por qué ocurren las injusticias, para no lograr comprender por qué la superficialidad inunda tantas indumentarias, quehaceres y actuaciones. Ella no tendrá tiempo de equivocarse. La ruta se ha mudado.

A su madre le queda un consuelo que no entiendo, pero que me sirve de ejemplo ante todo cuanto veo en este mundo competencial y extraño. Entretanto, Pierina duerme ajena a mis pensamientos, a ese mundo que se cae sin ella. Mientras duerme se apea del universo loco.

El planeta es un sitio maravilloso donde renunciamos a lo más sencillo generando, por desgracia, inútiles injusticias. Deberíamos aprender de la inocente Pierina, de sus dulces sueños de niña, de sus ventajas y pugnas por un mundo sin sorpresas y cargado de ideas solidarias y de amor, de mucho amor. Por desgracia no siempre es así.

Duerme nuestra Pierina. Nos duele el corto espacio que nos separa, que aún se estrecha más. Cuando ella se vaya, cuando no esté, cuando no sueñe, ¿quién nos despertará a nosotros? Ojalá ella no se fuera con esa duda. Ojalá no nos quedáramos con ese pesar.

Juan TOMÁS FRUTOS.