jueves, 7 de enero de 2010

Mari Trini, una gran comunicadora a través de la canción

Querido Gonzalo:

Leo tus líneas y siento tristeza, porque tienes razón, la razón de los hijos que se advierten desprotegidos de sus familias, de sus gentes, de las personas a las que aman. Te experimentas solo, y lo dices con la amargura de unas letras motivadas por el recuerdo de tu hermana, a la que muchos admiramos.

Yo también era pequeño cuando tu hermana triunfaba. Aprendí a amar sus canciones y su trayectoria, amén de su talento, de sus ojos y de su cara amable y comunicadora de emociones. Lo hice a través del cariño de mi tío Pepe, que siempre se sobrecogió escuchando el tino de las letras de unas canciones que nos recordaban con respeto y dolor lo que es la vida cuando la analizamos con una avalancha de sentimientos.

Es verdad que tu hermana fue, y es, importante en el panorama musical español e internacional. Es cierto también que no siempre acertamos a reconocer por escrito, o de viva voz, a las personas a las que les debemos rendir recuerdo y tributo. Y es verdad, igualmente, que el dolor de su pronta marcha, la de tu hermana, en unos momentos todavía presentes y muy cercanos, se rebela ante un aparente olvido de Mari Trini, a la que, reitero, valoramos por su talento, por su inteligencia y por su enorme capacidad de amar.

Digo aparente porque lo que ella nos transmitió fue mucho más que unas magníficas canciones: fue un contexto, fue una manera de ver e interpretar, fueron emociones… No entendería mi infancia ni mi adolescencia sin canciones suyas, o de otros artistas. Quiero decirte, Gonzalo, y seguro que, como yo, hay una inmensa mayoría silenciosa, que amamos a tu hermana y a su trabajo y que nos sentimos orgullosos de su murcianía y de lo que fue, de lo que es y será. El silencio, piénsalo, no es olvido, aunque esto no justifica esa panorámica que has hecho y sobre la que tienes toda la razón.

Pero como el movimiento se demuestra andando vamos a ver como conseguimos entre todos, con independencia de quién sea el organizador principal, que tu hermana tenga el homenaje que se merece. A todos nos hará más dignos. Estamos convencidos, y así lo resaltamos, que Mari Trini ha sido una de las mejores comunicadoras de este país a través de la canción.

Recibe un fuerte abrazo, mi consideración y mis ánimos, al tiempo que nos ponemos a tu disposición,

Juan TOMÁS FRUTOS.

miércoles, 6 de enero de 2010

El punto comunicativo, en nuestras manos

Me siento solo. Hoy es así. No sé qué ha sucedido, pero la incomunicación hace mella. Una fuerte descarga de emociones queda en ninguna parte, y no sé muy bien qué es lo que sucede, que es un poco de todo, o eso parece. Nos endulzamos con noches de silentes dichas que nos presuponen para arreglos que no terminan de llegar. Parece que podemos, pero no, no es así, si la comunicación no nos arregla todo con un dulzor de expansión infinita.

Nos agradamos, nos damos complacencias de facturas determinadas que nos ponen en el brete que todo lo puede, o eso parece. Nos damos franquezas que nos rompen el destino, pero que unimos para darnos las fortalezas que necesitamos en los momentos estelares, que, finalmente, aparecen con sus soluciones más o menos contables.

Hemos supuesto que estamos listos, y puede que lo estemos cuando no sea el instante de llorar. Nos hemos dispuesto para nuevas caricias que han de arreglar lo que sucede con un amor más que sencillo. Los destellos llegan mal y destemplados. No vemos lo que ocurre. Tampoco queremos mirar mucho más allá. Nos hemos desanimado contemplando los deseos de otros, que nos proponen cambios de facturas diversas. Nos quejamos, pero es igual. Nos falta comunicación. Siempre éste es el fallo, al menos es el fundamental.

Hemos complicado todo con unas travesuras que nos corrigen las adversidades de antemano, que nos destapan la cara para que veamos todo cuanto está por ocurrir, que es diversión, afán, propuesta y solución. Nos queremos, pero no siempre damos con los altivos quehaceres que son capaces de sacar lo mejor de cada cual. Nos hemos dado el sí, pero resta que creamos en nosotros mismos, que es harto difícil.

Simplificamos las manufacturas con solvencias de tormentas que se repiten hasta decir el sí que es no, el no que es entrega con suplencias añadidas hasta decir que vale y que es con un toque de atención reiterada. Buscamos el equilibrio, pero no siempre damos con él. Nos animamos pero con rescates que no somos capaces de pagar de antemano. Vamos y nos regresamos con simplificadas diferencias que nos proponen seguir y hasta sentir.

Hemos acudido a algunas citas, pero en esta jornada no se dan las circunstancias. Nos hemos quedado tan solos como acompañados. De nosotros depende que ejerzamos la comunicación y que nos pongamos a andar con la suficiente gracia y resolución. Sí, el punto está en nuestras manos.

Juan TOMÁS FRUTOS.

martes, 5 de enero de 2010

La comunicación siempre triunfa

La comunicación es un valor añadido que, antes o después, nos regala sus mejores esencias. Esto lo hemos de asumir como algo intrínseco a nosotros. La cultura tiene que ver con un comportamiento más o menos consciente pero que realizamos de una manera natural. Se adquiere, se difunde y se mantiene gracias a los procesos comunicativos. La vida es comunicación. Sin ella, no existimos, no tenemos razones para ser, para demostrar lo que queremos, lo que somos, lo que podemos, lo que sentimos… Además, ha de ser flujo comunicativo en positivo. Por lo tanto, el consejo que debemos practicar es el abandono del lenguaje derrotista. La comunicación nos une, debe, y eso nos fortalece en todos los ámbitos.

Procuremos, pues, alimentarnos con diálogos y conversaciones. Nos entretienen, nos informan, nos forman como personas, y nos hacen más adaptables a las circunstancias que nos regala la existencia. Debemos, en paralelo, procurar estirar los ánimos hasta ser flexibles de verdad y comprometidos con lo que tenemos. Digamos, igualmente, adiós a los convencionalismos y tratemos de aprovechar las estructuras para ser nosotros mismos, para conocernos, para ser felices con lo poco o lo mucho que poseemos.

Procuremos entendernos. Ésa ha de ser la máxima. Vale más un arreglo con pérdidas para todos que litigios permanentes, tenga quien tenga la razón. No perdamos inútilmente el tiempo, y persigamos ese conocimiento a través de las buenas acciones. No nos encerremos. Hemos aprender a ceder, a dar, a tratar de recibir. Además, hay satisfacción, siempre la hay, en el trabajo bien confeccionado. La vida es un cúmulo de circunstancias que hemos de direccional en positivo. Lo repetimos porque creemos en ello.

La cultura de la comunicación siempre triunfa. Hablemos. Contemos a los demás lo que consideramos que es, o ha de ser, una verdad compartida. En todos hay una dosis de razón, y debemos optimizarla, también para bien del conjunto de la sociedad. Aquí, de nuevo, la comunicación juega una partida interesante y decisiva. Lo solidario es básico. Gracias a la idea de compartir podemos llegar tan lejos como queramos, pues no estaremos solos. Pensemos que esta verdad que defendemos es menos efímera.

No establezcamos, por otro lado, lindes artificiales. Procuremos comprender y entender los criterios del otro, de los otros, de los demás. Todos debemos arrimar el hombro. Las causas comunes se mantienen en el tiempo y generan concordia, que es básica para la paz y la justicia. La vida está llena de oportunidades, pero, además de verlas, hemos de defenderlas. La contribución ha de ser cotidiana, sin que dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy mismo.

Cultivemos las emociones, las inteligencias, las actitudes más bondadosas desde el afán de dar con las salidas hacia ese tono más querido y creíble. Tomemos esa parte que es el todo con las intenciones más deseables para el bien comunitario. No tratemos con desdén a los más desvalidos, a los que no son capaces de demostrar lo que saben, aunque, a menudo, sea mucho y de otra manera dispar a la nuestra. No juzguemos sin tener sentido de lo que hacemos. Los demás tienen unas circunstancias que puede que desconozcamos y que son fundamentales para entender sus comportamientos.

Estamos convencidos de muchas cosas. No olvidemos lo que puede aparecer desde la buena intención, que es, evidentemente, todo. Intentemos mirar con los mejores ojos posibles, con el corazón en la mano, en la mente y en todas nuestras actividades e iniciativas. Podemos ser mejores, si lo pensamos, si lo deseamos y si contribuimos a ello. La comunicación nos ha de convencer de ello. Hoy, mañana, todos los días. Como señalamos, es una cuestión cultural el creer en los procesos de intercambio informativo. No olvidemos que hemos de creer en su necesidad. La comunicación, con buenos parámetros, desde la óptica bien intencionada, siempre gana, siempre nos gana, nos aporta lo mejor, y por ello la hemos de sustentar como el gran baluarte.

Juan TOMÁS FRUTOS.

lunes, 4 de enero de 2010

Los ojos inocentes de la Comunicación

La Comunicación necesita los menos condicionantes posibles. Por ello, la inocencia nos ha de acompañar para valorar y acercarnos a las más diversas situaciones. Abramos las ventanas de la vida, sí, en todos sus niveles, en cada estamento, procurando que el aire de entrada inunde todas las salas existenciales. Hagámoslo a través de la comunicación, que tiene, como gran ventaja, que nos permite descubrir mundos desconocidos, alejados en el tiempo y en la distancia. Sin ella, no podríamos llegar a conocerlos, a tocarlos como si estuvieran ahí mismo. Las cometas comunicativas nos conducen por cielos alumbrados por soles y lunas de conocimientos vastos, profundos, queridos, elocuentes y propicios ante el entendimiento que nos debe rodear para que funcionen las relaciones humanas. Sin la comunicación, no diré yo que no haya nada, pero sí que parece que no exista.
Por lo tanto, y gracias a la comunicación, tratemos de divertirnos con un entusiasmo acuático. No paremos. Los elementos más queridos nos han de encender las llamas del corazón, sin las cuales no podemos caminar con la paz que hace duradero el aprendizaje. Busquemos. Las posturas de indagar, de intentar llegar a las docencias que nos liberen, serán, han de ser, las bases para ese regalo intelectual que consiste en saber más a través de las ideas compartidas. Es lo único que tiene un cierto sentido. La comunicación nos conduce a lugares concebidos para que seamos más felices, para que nos fortalezcamos mucho más nosotros mismos.
Debemos habituarnos a comunicar, porque ese proceso nos convierte en realidades, en partes de un todo con formas de destellos que hemos de procurar que no sean fugaces. La mente debe estar preparada ante la eventualidad de un descubrimiento, que puede llegar por azar o por un cierto sesgo milagroso. Lo importante es que estemos preparados para que nada pase desapercibido. Ése será el intento. La atención tiene que ver con la amplitud de parámetros. Oteemos todo lo que podamos. Seguro que nos convendrá lo que venga, fundamentalmente porque justificará la idea de grupo.
Contemos los espacios con un liderazgo que nos ha de insistir con reglas de esparcimiento hacia ese deseo, siempre compartido, de conocer desde la posibilidad de dar con algo nuevo. El cristal tiene incidencia en lo que proyecta. El compromiso es mirar con la intención de ver. No seamos pasivos, sino más bien activos. Las pretensiones han de ser el configurar el espacio que nos circunda con un aviso de preñarnos de sentimientos convencidos, y no de conveniencia.
Comunicar es una especie de volver a nacer. Nos regala todo género de elementos, conocidos, vistos, experimentados, y también todo aquello que hemos imaginado, que hemos estudiado, que otros han contemplado, que nos han trasladado, que aparece como un legado que no hemos protagonizado ni vivido, pero que, de algún modo, poseemos. La comunicación es el entendimiento de cosas por las que no hemos pasado y que, en algunas ocasiones, tampoco viviremos, pero tenemos su percepción. Es posible que no hayamos estado nunca en una selva, en una jungla, pero sabemos como es. Forma parte del imaginario individual y hasta colectivo. Así todo.
Por la importancia del conocimiento que nos llega mediante la comunicación hemos de ser capaces de optar por buenas fuentes, sí, en cuanto al origen de lo que nos cuentan, y también en lo que concierne a su intencionalidad, que hemos de perseguir como buena. Procuremos que el hermetismo no nos conquiste, ni tampoco el arrebato, ni los fines de otros cuando no sean óptimos para todos… No secundemos comunicaciones que no se acompañen del debido contraste de pareceres, de las versiones que a todos benefician, que nos engrandecen como personas. El saber elegir es básico, pero para ello hemos de tener experiencia comunicativa previa. Como se advierte, es una especie de círculo con resultados provechosos, si lo hacemos bien. Encaremos, pues, la comunicación como procedimiento liberador personal y comunitario, tengamos un corazón y una mente pendientes de descubrir lo novedoso, y lo demás irá viniendo por añadidura. Así sea. La apertura de puertas y ventanas en sentido figurado, y también real, nos ha de portar a un universo de enormes luces. En este sentido, predicamos una comunicación de lindos e inocentes ojos, que vean todo con la ingenuidad de la primera vez. De este modo, se descubre.

Juan TOMÁS FRUTOS.

Un adelantado de la fotografía

La fotografía está de luto. Se ha ido uno de los pioneros. Su persona y su profesionalidad fueron claves en el siglo XX. Ahora, la cámara está triste. La melancolía nos invade cuando falta uno de los mejores. Su mundo era la foto, la imagen, lo que es tanto como decir que su universo era lo que ocurre en la calle, que diría el Mairena de Machado. Lo ha sido durante todo un siglo. No hay nada que haya pasado en Cartagena que no haya sido visionado por el objetivo de alguna de sus cámaras. Todo pasó por sus ojos, y por las lentes de esos aparatos en los que él fue un precursor. Imagino con qué entusiasmo y extrañeza le verían cuando él, apenas un niño todavía, manejaba su primera cámara de fotografiar.

Todo cartagenero sabe que me refiero a Ramón García, una institución en la ciudad, y una persona muy querida. Su carácter entregado y afable le convirtió en un profesional muy estimado. Mi compañero Antonio García Valera siempre se ha referido a él como un maestro en el oficio de la cámara. Deja un magnífico legado en manos del Ayuntamiento, esto es, en manos de sus conciudadanos y paisanos. Gracias a su quehacer, sabemos cómo ha crecido Cartagena y su entorno, los personajes que la han vivido o visitado, los principales eventos, los instantes más apasionados, los más brillantes, lo más cotidianos y repetidos también.

Sin Ramón García, sin su labor como testigo gráfico de una era, no podríamos tener un recuerdo vivo y entendible de lo que es la comarca por donde ha caminado. Le debemos, por ello, respeto y un tributo de merecido homenaje y reconocimiento. Queda, como decimos, su legado, que ha de ser conservado, estudiado, analizado y expuesto para que el público lo pueda disfrutar y reconocer igualmente. Pongámonos deberes en este sentido.

Expresamos, de momento, nuestro eterno agradecimiento a Ramón García, a lo que ha sido, a lo que siempre será para nosotros, sobre todo para los que vivimos en primera persona el mundo de la Prensa. Su ilusión y su enamoramiento por la fotografía los supo trasladar a sus amigos y conocidos. Ramón nos ha servido de guía, y es justo que lo subrayemos. Ramón, seguiremos con tu ejemplo. Estés donde estés, siempre nos enseñarás. Tienes el bagaje de haber visto cuando nadie fue capaz de ver como tú. Déjanos que ahora miremos como si tuviéramos tus cámaras. Nos sentiremos orgullosos de ello.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 2 de enero de 2010

La comunicación ante la puesta en cuestión de una crisis

Recurrentemente entramos en etapas que ponen en tela de juicio lo que hemos ido haciendo u opinando: son las crisis. Cuando las situaciones que nos envuelven no son las esperadas se produce una cierta fractura, un movimiento extraño que hemos de saber afrontar para adaptarnos a lo que venga detrás. Las crisis, nos decimos, son oportunidades. Lo que no nos repetimos mucho es que son ocasiones forzadas por unas circunstancias que nos pueden desbordar más o menos. Y, a veces, lo hacen. Lo ideal es que no nos superen, que no nos hagan daño, que no ocasionen heridas de difícil curación. Como decimos, por imprevisibles, en su momento, en su fortaleza, en su expansión, en sus protagonistas, en sus resultados, etc., no podemos anticipar todas las medidas que habría que tomar, aunque ello fuera lo deseable.
Lo que sí podemos tener preparado ante cada crisis es la oportunidad de comunicar más y mejor. No debe sonar esto que decimos a tópico. La comunicación solventa todo, sí, antes o después, y nos hace más fuertes y con más capacidad de maniobra o de respuesta. No seamos conformistas, y procuremos, siempre que sea posible, afrontar las circunstancias adversas con diálogo, con consenso, con la búsqueda de la verdad, la de todos, a través de la palabra. Ésta, recordemos, nos hace libres.
Las crisis nos traen el escenario imperfecto para hablar de lo que nos ocupa y preocupa. Nos permiten no dejar para mañana lo que necesariamente tenemos que hacer hoy. Las situaciones más o menos complejas nos movilizan. Como no admiten demora, nos tenemos que poner en marcha, y eso es bueno, pues ese dinamismo nos mantiene vivos y nos regala una experiencia que, a todas luces, precisamos en cada etapa existencial.
Hay respuestas esperando cada día. Las áreas en las que nos ponemos a trabajar cotidianamente nos insisten en quedarnos en actitudes de mantenimientos periódicos de los que hemos de salir con el afán de superación. Es claro que necesitamos predicar y practicar cada jornada con el fin de que, cuando llegan las crisis, haya un cierto hábito de comunicar. La costumbre nos hace prepararnos para inyectarnos fuerzas cuando llegan las noches y los fríos inviernos, que nos ayudan a prepararnos, como no debe ser de otra manera, ante las adversidades que, inevitablemente, aparecen antes o después.
Concentremos, pues, esfuerzos que repongan el interés y que nos mantengan en los objetivos individuales y colectivos que han de aliviar soledades y procurar que los incentivos nos conserven la juventud y las inocencias necesarias para la evolución permanente en la que nos hemos de insertar cada amanecer. No sustituyamos por hielo lo que ha de ser templado candor en el teatro de la vida. No seamos escasos, no si depende de nosotros. Si buscamos, hallaremos. La comunicación constituye el todo con el que podemos asegurar esas soluciones que han de surgir por un camino que hemos de salpicar de incentivos y de atractivos.
No tengamos cuidado en equivocarnos, sino más bien pongamos todo el interés en disfrutar de una buena panorámica de montañas y mares con aires renovados y frescos. Intentemos la proximidad, pues, con ella, los problemas parecen menos. No demos tampoco vueltas inútiles. Hemos de estar atentos y ser cuidadosos y respetuosos en los vocablos. Por otro lado, tampoco ignoremos los errores, que hemos de solventar en cuanto podamos.
Reconozcamos las limitaciones y tomemos el barco ilusionante de la conversación, en sus grados alto, medio y más bajo. Siempre hallaremos cosecha en esa conexión que es la base para prosperar en lo material, y, sobre todo, en lo espiritual. Ante la crisis, no demos tregua y tratemos de contar y de narrar lo que pasa, cómo pasa, por qué, y persigamos, en paralelo, el sacar resúmenes y conclusiones para salir de aquellas situaciones que, seguramente también, nos hacen más humanos. Si no hubiera crisis, seríamos perfectos, y cada vez creo menos en las perfecciones. No se aprende únicamente cuando todo está controlado, sino cuando controlamos en la adversidad. Las puestas en cuestión tienen ese valor añadido: nos hacen más fuertes. Al menos, ésa debe ser la lección, y, claro, hemos de comunicarla.

Juan TOMÁS FRUTOS.

viernes, 1 de enero de 2010

El potencial de la sorpresa en la Comunicación

La mirada de la inocencia es una buena aliada. Debemos intentar conservarla con el paso del tiempo. Entre los factores que influyen en la comunicación, uno de los más relevantes es el que alude a que ese proceso no siempre debe ser esperable. Busquemos las sorpresas comunicativas como sustento de un cambio que es necesario y previsible ante las ansias que nos han de consolidar en ese camino de conquistas sencillas, tranquilas, y sin prisas por llegar a parte alguna. Salir de la rutina es siempre una sensación de frescor, es un acicate para eliminar las pesadas cargas que nos colocan en umbrales de difícil factura. Salgamos para ver cuanto sucede. No cerremos los ojos, sino que más bien debemos abrirlos de par en par con el firme propósito de dar con las innovaciones que permanentemente nos han de caracterizar.
La familiaridad nos ha de ubicar en un trance de justicia divina, de deseos fervientes hacia situaciones de presencias queridas, de sensaciones nuevas, de barcos a la medida para hacer grandes singladuras. No paremos. Consigamos las promesas cumplidas poniendo de nuestra parte. El todo comienza con pequeñas partes, con anécdotas que hemos de elevar a la posición de categoría fundamental.
Apuntemos hacia esos espacios en los que hemos de prevenir lo justo para arriesgar todo lo fungible. No nos detengamos ante las bellezas serenas que nos han de permitir abrigar esperanzas. No nos cansemos. Las presentaciones más maravillosas tienen que ver con un factor no esperable. Animemos las vidas con escenas no vistas de manera cotidiana. Somos capaces de ello sin mucho esfuerzo. El asunto es que no siempre abrimos las mentes a las causas que nos rodean.
Debemos ver como si fuera por primera vez todo cuanto podamos, incluso las cosas que suelen ocurrir jornada tras jornada. Como se suele decir, todo depende del cristal con el que miramos. Debemos contrastar, comprobar y contemplar con una felicidad dispuesta para que lo que nos regala la existencia tenga una presentación un poco diferente, aunque sean productos y/o servicios miméticos a otros que recibimos o percibimos con una cierta periodicidad. Simplifiquemos.
No calculemos todo. Procuremos ver matices que habitualmente no visualizamos. Seamos bellos en la esperanza, que, al final, o incluso al principio, es la base de toda suerte de dicha. Disfrutemos con planteamientos no teóricos. La libertad de movimientos ayuda a que todo no sea previsible. Parte del entusiasmo o de la ilusión que llevamos a cabo se sustenta en lo que tiene sentido a través de esos planteamientos que se salen de los caminos previamente establecidos. No todo tiene que ser seguido con los cánones que establecen los que vinieron antes. La historia nos debe servir de experiencia, incluso para modificarla desde los aciertos y equívocos que se vayan produciendo.
Lo menos familiar ha de abocarnos a columnas de espacios con las que ingeniarnos actuaciones que han de disipar las dudas cuando tengamos que traspasar puertas ignotas. Pensemos con una mirada abandonada a consultas de incertidumbres repetidas. No queramos colocar todo en planteamientos cercados o clausurados. Jubilemos las inercias en algunas ocasiones para que, desde el equilibrio y la mesura, podamos combinar trayectorias establecidas con improvisaciones no determinadas. El directo, decía la canción, es la vida, y la vida, para que sea tal, no puede ser un cúmulo de aspectos cerrados antes de protagonizarlos. Para ser nosotros, tenemos que conservar un potencial de cambio desde la sorpresa, desde la conveniencia no estrechada por pasadizos encorsetados. Entremos en otros bosques comunicativos. Intentemos no frenar la sorpresa, pues nos puede llevar a un mundo maravilloso. Procuremos esa implicación. El potencial de la confianza desde el lado de la aceptación de la sorpresa, de lo no controlado y esperable, es extraordinario. Veamos.

Juan TOMÁS FRUTOS.