La existencia humana está plena de ocasiones para mejorar, para aumentar nuestras opciones y los deseos de ser felices. Lo cierto es que somos lo que realizamos. Ante todo, nos podemos presentar como seres comunicativos, pues esta actividad constituye la esencia de lo humano. Surgimos como personas de espacios comunicativos, de sendas que nos han de procurar un ritmo diferente, más constructivo, nutriente. Pensamos en la comunicación como llave para el éxito, cuando menos personal. Lo es. Hemos acaparado sensaciones que nos envuelven con los ingredientes de unos momentos queridos. Aprendemos de todo. Con procesos comunicativos se superan, igualmente, las diferencias, si las hay. Conocemos los ruidos que se van produciendo, y nos ajustamos a las posibilidades que nos brinda la vida, que son muchas.
El ser humano, que ha de ser, a decir de los griegos, la medida de todas las cosas, se construye con las imágenes y con las situaciones que conforma la comunicación día a día. Conocemos lo que es, y todo cuanto tiene sentido con la interacción y la socialización que compone la partitura diaria de lo que hacemos y de lo que narramos.
La vida es comunicación, y ésa bien puede ser una definición de lo que constituye el caminar cotidiano. Si hay silencio, a menudo necesario, no nos contamos lo que hemos hecho, ni destacamos aquello de lo que podemos aprender por aciertos o errores cometidos. Analizar lo que acontece es una máxima docente que nos ha de permitir liderar nuestras vidas por los caminos de la intelectualidad.
Florecemos con las ventajas que propician el conocer lo que ocurre, con la enumeración de lo que nos gusta y lo que no, con la participación, con el riesgo de aventurarnos en otros menesteres que nos porten a situaciones diferentes, mejores, creíbles. La información ha de fluir, sí, en todos los sentidos, de ida y de vuelta, con normas sabidas, queridas, sinceras, propias de los tiempos que corren. Así nos hemos de entender.
Las causas y las consecuencias, las prudencias, las valentías, los momentos íntimos, las inclinaciones, los diversos calados y vertientes, los análisis… todo ha de tener cabida dentro de los procesos comunicativos, que se han de abonar con normas de educación, de cortesía, de convivencia, de tolerancia, de bondad, de cooperación, de solidaridad, de buen gusto, de querencia, de puras empatías…
Somos comunicación, somos palabras, que constituyen orígenes de universos y de seres en la Naturaleza. Sin darnos a los demás, no somos, y parar brindarnos a los otros hemos de ser genuinos y entregados desde las mayores y mejores ansias de comunicación. Refrescar los conceptos, así como sus valores intrínsecos, sus ventajas, sin olvidar la necesidad que tenemos de ellos, y no sólo en la esfera de la comunicación, es casi una obligación para que no perdamos ni el interés ni la perspectiva. Hemos sido gracias a que hemos aprendido desde muy pequeños usando las dotes para comunicarnos y las ventajas que se nos suponen.
Hablar, escuchar, atender, mejorar, entusiasmarnos con el aprendizaje, gozar con lo que nos cuentan y con las propias narraciones, vivir en los otros, con los otros, dando espacios y tiempos a los convecinos, y a nosotros mismos, intermediar, protagonizar lo que es el recorrido del aprendizaje, etc., son baluartes de nuestras existencias que, en principio, nos muestran una cara tan amable que nos devuelven a un estadio de iniciación en la comunicación del que hemos de partir con el corazón abierto, como nos recordaba el poeta Rosales. Somos seres comunicativos, posibilidades comunicativas, objetivos comunicativos, frutos de la comunicación…, con todo lo que ello implica. Debemos andar esas sendas que nos procuran encontrarnos a nosotros mismos.
Juan TOMÁS FRUTOS.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
martes, 29 de septiembre de 2009
Las capacidades de la comunicación en las relaciones humanas
Las capacidades comunicativas son enormes. Se puede creer que son hasta infinitas. Miremos algunos modelos de relaciones y de convivencia donde la comunicación es crucial. Cuando un niño habla con su madre, cuando balbucea, cuando le sonríe, cuando mueve sus manos o gesticula, hace la comunicación más auténtica del universo. Es un ejemplo a seguir.
Cuando un hijo acompaña a su padre en tramos muy especiales para ambos, cuando recapitulan lo que han sido, lo que ambos han aprendido, lo que ha supuesto esa relación en sus vidas…, cuando esto sucede hay todo un modelo de comunicación humana, que, obviamente, hemos de seguir.
Cuando ayudamos a los más necesitados, a los que se hallan solos, a los que vienen con la desesperanza en sus caras, mostramos la faz más amable del ser humano, así como de lo que es capaz en cuanto a bondad comunicativa. Veamos aquí también un ejemplo, un buen ejemplo.
Cuando limpiamos espacios comunes, cuando damos lo que nos sobra, que es mucho, cuando aprendemos a compartir, cuando nos vemos como un milagro de la creación y no como el centro del universo, sino como parte de él, cuando observamos el contexto comunicativo de lo que somos, de lo que son los demás, de la felicidad que en común podemos lograr, cuando lo hacemos, damos un modelo palpable de convivencia que nos ha de ayudar a continuar con acierto en este caminar de pretensiones indelebles.
Cuando comunicamos mirando a los ojos, mostrando las manos, buscando lo pacífico y lo equilibrado y sin atesorar más de lo que precisamos, nos colocamos en un espacio donde la dicha está en los otros y, claro está, en sentirnos partícipes de ella. Es una especie de milagro sencillo que se consigue con facilidad si tenemos hartura en el hambre de conocer. Los demás han de ser la referencia, y el modelo, así como la legitimidad de la experiencia humana. No somos sin los otros. No es bueno que estemos solos.
Cuando vemos a gentes humildes de corazón, con el ánimo de destacar únicamente en su interior, con el valor para aprender todos los días, con el espíritu joven y no condicionado por lo material, observamos genuinos modelos de convivencia, en los cuales nos tenemos que ver reflejados de algún modo.
Hay multitud de actos y de actividades que han de constituirse en ejemplos queridos y cariñosos y en exponentes de aventuras maravillosas en las relaciones humanas. Miremos para aprender de todo ello. Seguro que seremos más felices, y, por ende, más complacientes. La paz interna y en lo externo tiene mucho que ver con esta actitud, que, lógicamente, debemos potenciar. Hablamos de usos y de costumbres en los hábitos comunicativos, que han de ser el eje de la convivencia.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Cuando un hijo acompaña a su padre en tramos muy especiales para ambos, cuando recapitulan lo que han sido, lo que ambos han aprendido, lo que ha supuesto esa relación en sus vidas…, cuando esto sucede hay todo un modelo de comunicación humana, que, obviamente, hemos de seguir.
Cuando ayudamos a los más necesitados, a los que se hallan solos, a los que vienen con la desesperanza en sus caras, mostramos la faz más amable del ser humano, así como de lo que es capaz en cuanto a bondad comunicativa. Veamos aquí también un ejemplo, un buen ejemplo.
Cuando limpiamos espacios comunes, cuando damos lo que nos sobra, que es mucho, cuando aprendemos a compartir, cuando nos vemos como un milagro de la creación y no como el centro del universo, sino como parte de él, cuando observamos el contexto comunicativo de lo que somos, de lo que son los demás, de la felicidad que en común podemos lograr, cuando lo hacemos, damos un modelo palpable de convivencia que nos ha de ayudar a continuar con acierto en este caminar de pretensiones indelebles.
Cuando comunicamos mirando a los ojos, mostrando las manos, buscando lo pacífico y lo equilibrado y sin atesorar más de lo que precisamos, nos colocamos en un espacio donde la dicha está en los otros y, claro está, en sentirnos partícipes de ella. Es una especie de milagro sencillo que se consigue con facilidad si tenemos hartura en el hambre de conocer. Los demás han de ser la referencia, y el modelo, así como la legitimidad de la experiencia humana. No somos sin los otros. No es bueno que estemos solos.
Cuando vemos a gentes humildes de corazón, con el ánimo de destacar únicamente en su interior, con el valor para aprender todos los días, con el espíritu joven y no condicionado por lo material, observamos genuinos modelos de convivencia, en los cuales nos tenemos que ver reflejados de algún modo.
Hay multitud de actos y de actividades que han de constituirse en ejemplos queridos y cariñosos y en exponentes de aventuras maravillosas en las relaciones humanas. Miremos para aprender de todo ello. Seguro que seremos más felices, y, por ende, más complacientes. La paz interna y en lo externo tiene mucho que ver con esta actitud, que, lógicamente, debemos potenciar. Hablamos de usos y de costumbres en los hábitos comunicativos, que han de ser el eje de la convivencia.
Juan TOMÁS FRUTOS.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Gea y Truyols y su Historia
La pedanía de Gea y Truyols,
una población en constante comunión y comunicación
Dicen que un cronista lo primero que tiene que hacer es otear el entorno. Sólo así se conoce, se valora, se pondera, se palpa y se vive. El método empírico rara vez falla. Además, ese valor de la experiencia nos viene reclamado fundamentalmente cuando hablamos de un lugar emergente con gentes prestas a conocer y a relacionarse con sus vecinos y/o con los recién llegados. Es el caso que nos ocupa. Una pedanía maravillosa que está a caballo entre los campos de Murcia y Cartagena, y que, por lo tanto, ha sido zona de fronteras en la épocas de los reinos castellano y aragonés-catalán es la simpar Gea y Truyols, todo un ejemplo de convivencia y de gestación de un interesante crisol de culturas.
1.100 habitantes viven en un paraje que nunca ha estado demasiado poblado. Al menos, éstos son los censados. Hay mucha población flotante, y otra que se va incorporando en las nuevas urbanizaciones que se están construyendo en este entorno. Como lugar de encuentro de culturas, también ha sido un sitio de paso, de tránsito. También ha sido una ubicación perfecta para plantar árboles y verduras y para sacar partido al secano, que aquí ha sido generoso. Podemos encontrar en este emplazamiento olivos centenarios, pero también algarrobos y arbustos propios del llamado monte bajo, con el tomillo y otras plantas aromáticas.
Los cítricos tienen un lugar descollante en este territorio, que ha aprovechado siempre las aguas de las lluvias escasas, así como las del subsuelo. Hasta ahora ha habido un equilibrio certero. La fauna se ha adaptado, asimismo, al lugar. Hallamos animales de muy diversa estirpe e índole. Desde el Águila Perdicera o el famoso Búho Real, impresionante cuando se le ve por la noche, hasta aves mucho más pequeñas como el gorrión o la golondrina. El suelo es testigo del movimiento de reptiles, de anfibios, donde hay aguas estancadas, y de zorros y gatos monteses, algunos de ellos mezclados con los asilvestrados. La riqueza en algunos paisajes, a menudo casi desérticos, es extraordinaria.
Los almendros forman parte de un panorama presto para la caza menor. Obviamente hablamos de la caza del conejo o de la perdiz. El resto de animales están protegidos por la ley y por la conciencia ciudadana, consciente de la necesidad de preservar unos terrenos tan espléndidos.
Gea y Truyols tiene su origen en la convergencia, en el siglo XVIII, de las poblaciones del mismo nombre. Aglutina a diversos parajes con una historia que se remonta hasta la misma etapa de los romanos. De hecho quedan vestigios de esa impronta, de ese “poblamiento ancestral”. Esperemos que esas ruinas se pongan en valor próximamente. Durante los últimos dos siglos, su territorio se ha estrechado o ensanchado en función de decisiones políticas, e incluso formó parte de un municipio independiente de Murcia con cabeza en Sucina.
Lugares para ver en esta pedanía hay muchos: en primer lugar destaquemos la flora y la fauna, pero, si nos referimos a las huellas dejadas por los humanos, tenemos las Casas de Gea y del Pino (la primera en un buen estado; la segunda, no tanto), sin olvidar los aljibes de arrastre o la propia plaza emblemática del pueblo, donde estaba el antiguo cine.
Podríamos hablar, y no acabaríamos, de la gastronomía autóctona, tan rica como su propia historia. Las migas son, sin duda, un manjar que hemos de preservar. De hecho, coincidiendo con las fiestas de Agosto, hay un campeonato y surtidos premios entre los mejores platos.
Rodeada como está por sierras como El Garruchal o Columbares, sin olvidar el Puerto de la Cadena, hay mucho que relatar sobre esta pedanía, de 51 kilómetros cuadrados de extensión y situada a 185 metros por encima del nivel del mar. Sí, tenemos mucho más que contar. Esto es un primer esbozo, a modo de presentación. Por favor, no quiero que me quede en el tintero algo que puede sonar a tópico: lo mejor de Gea y Truyols son sus gentes. Unas gentes que se han visto bañadas por ese regalo cultural que es la convivencia con personas llegadas de los puntos más recónditos de nuestro país y hasta de otras naciones. Este mestizaje cultural ayuda muy mucho a ampliar perspectivas y a mirar de otro modo. Se nota cuando hablas con sus habitantes que tienen esa impronta que les ha dejado la historia pasada, y también la más reciente. Lo que más enseña es la experiencia (no lo olvidemos), y la de las gentes viajeras ayuda a contemplar con densidad y altura de miras tanto el género humano como sus posibilidades, que son infinitas.
Tienen, amigos lectores, y amigas lectoras, en sus manos, un acercamiento a lo que ha sido esta histórica población, esta porción de territorio del municipio de Murcia y de esta Región bi-milenaria. Hay muchos datos, muchas situaciones, todo un bagaje cultural y de experiencia de vida. Es un regalo de sentimientos y para los sentidos. No obstante, no olviden que lo mejor está por conocer. Gea y Truyols es una pedanía abierta y llena de posibilidades. Si vienen sin prisa, conocerán mucho y se lo pasarán bien, e incluso puede que caigan en la tentación de quedarse. De momento, les dejo con un lema no acuñado todavía: Acérquense y sonreirán. Seguro.
Juan TOMÁS FRUTOS.
una población en constante comunión y comunicación
Dicen que un cronista lo primero que tiene que hacer es otear el entorno. Sólo así se conoce, se valora, se pondera, se palpa y se vive. El método empírico rara vez falla. Además, ese valor de la experiencia nos viene reclamado fundamentalmente cuando hablamos de un lugar emergente con gentes prestas a conocer y a relacionarse con sus vecinos y/o con los recién llegados. Es el caso que nos ocupa. Una pedanía maravillosa que está a caballo entre los campos de Murcia y Cartagena, y que, por lo tanto, ha sido zona de fronteras en la épocas de los reinos castellano y aragonés-catalán es la simpar Gea y Truyols, todo un ejemplo de convivencia y de gestación de un interesante crisol de culturas.
1.100 habitantes viven en un paraje que nunca ha estado demasiado poblado. Al menos, éstos son los censados. Hay mucha población flotante, y otra que se va incorporando en las nuevas urbanizaciones que se están construyendo en este entorno. Como lugar de encuentro de culturas, también ha sido un sitio de paso, de tránsito. También ha sido una ubicación perfecta para plantar árboles y verduras y para sacar partido al secano, que aquí ha sido generoso. Podemos encontrar en este emplazamiento olivos centenarios, pero también algarrobos y arbustos propios del llamado monte bajo, con el tomillo y otras plantas aromáticas.
Los cítricos tienen un lugar descollante en este territorio, que ha aprovechado siempre las aguas de las lluvias escasas, así como las del subsuelo. Hasta ahora ha habido un equilibrio certero. La fauna se ha adaptado, asimismo, al lugar. Hallamos animales de muy diversa estirpe e índole. Desde el Águila Perdicera o el famoso Búho Real, impresionante cuando se le ve por la noche, hasta aves mucho más pequeñas como el gorrión o la golondrina. El suelo es testigo del movimiento de reptiles, de anfibios, donde hay aguas estancadas, y de zorros y gatos monteses, algunos de ellos mezclados con los asilvestrados. La riqueza en algunos paisajes, a menudo casi desérticos, es extraordinaria.
Los almendros forman parte de un panorama presto para la caza menor. Obviamente hablamos de la caza del conejo o de la perdiz. El resto de animales están protegidos por la ley y por la conciencia ciudadana, consciente de la necesidad de preservar unos terrenos tan espléndidos.
Gea y Truyols tiene su origen en la convergencia, en el siglo XVIII, de las poblaciones del mismo nombre. Aglutina a diversos parajes con una historia que se remonta hasta la misma etapa de los romanos. De hecho quedan vestigios de esa impronta, de ese “poblamiento ancestral”. Esperemos que esas ruinas se pongan en valor próximamente. Durante los últimos dos siglos, su territorio se ha estrechado o ensanchado en función de decisiones políticas, e incluso formó parte de un municipio independiente de Murcia con cabeza en Sucina.
Lugares para ver en esta pedanía hay muchos: en primer lugar destaquemos la flora y la fauna, pero, si nos referimos a las huellas dejadas por los humanos, tenemos las Casas de Gea y del Pino (la primera en un buen estado; la segunda, no tanto), sin olvidar los aljibes de arrastre o la propia plaza emblemática del pueblo, donde estaba el antiguo cine.
Podríamos hablar, y no acabaríamos, de la gastronomía autóctona, tan rica como su propia historia. Las migas son, sin duda, un manjar que hemos de preservar. De hecho, coincidiendo con las fiestas de Agosto, hay un campeonato y surtidos premios entre los mejores platos.
Rodeada como está por sierras como El Garruchal o Columbares, sin olvidar el Puerto de la Cadena, hay mucho que relatar sobre esta pedanía, de 51 kilómetros cuadrados de extensión y situada a 185 metros por encima del nivel del mar. Sí, tenemos mucho más que contar. Esto es un primer esbozo, a modo de presentación. Por favor, no quiero que me quede en el tintero algo que puede sonar a tópico: lo mejor de Gea y Truyols son sus gentes. Unas gentes que se han visto bañadas por ese regalo cultural que es la convivencia con personas llegadas de los puntos más recónditos de nuestro país y hasta de otras naciones. Este mestizaje cultural ayuda muy mucho a ampliar perspectivas y a mirar de otro modo. Se nota cuando hablas con sus habitantes que tienen esa impronta que les ha dejado la historia pasada, y también la más reciente. Lo que más enseña es la experiencia (no lo olvidemos), y la de las gentes viajeras ayuda a contemplar con densidad y altura de miras tanto el género humano como sus posibilidades, que son infinitas.
Tienen, amigos lectores, y amigas lectoras, en sus manos, un acercamiento a lo que ha sido esta histórica población, esta porción de territorio del municipio de Murcia y de esta Región bi-milenaria. Hay muchos datos, muchas situaciones, todo un bagaje cultural y de experiencia de vida. Es un regalo de sentimientos y para los sentidos. No obstante, no olviden que lo mejor está por conocer. Gea y Truyols es una pedanía abierta y llena de posibilidades. Si vienen sin prisa, conocerán mucho y se lo pasarán bien, e incluso puede que caigan en la tentación de quedarse. De momento, les dejo con un lema no acuñado todavía: Acérquense y sonreirán. Seguro.
Juan TOMÁS FRUTOS.
domingo, 27 de septiembre de 2009
El tratamiento informativo de las cuestiones de salud
Patologías mentales:
En defensa de la bondad frente a argumentos
“victimo-lógicos”
En todo proceso comunicativo hemos de pretender que, por el camino, no se pierda la esencia de lo que queremos narrar. No es sencillo. Decía Marshall McLuhan que el medio es el mensaje, que sus recursos, que todo lo que interviene en sus procesos condiciona a los mismos fenómenos que les acompañan. Hace cuarenta años que lo subrayó, y creo que nunca antes ha tenido más vigencia que ahora. Las propias condiciones y los condicionantes de unos medios que aspiran a presentarse como enteros hacen que lo que sale de las empresas periodísticas no siempre se fije en los intereses colectivos globales, sino en los de una parte de la propia sociedad, con fines más o menos níveos.
Aunque nos duela el reconocerlo, los medios constituyen ese “callejón del gato” del que hablaba Valle Inclán: reflejan lo que es la sociedad, lo que acepta por acción u omisión. La culpabilidad, o, más bien, las responsabilidades surgen por hacer o por dejar hacer. La falta de pro-actividad para mejorar ciertas actitudes o comportamientos nos llevan al punto en el que estamos. Lo que vemos en medios masivos como la televisión es lo que consentimos de un modo u otro. No olvidemos que lo que nos dicen las encuestas cualitativas no siempre se traducen en aspectos cuantitativos. Indicamos consumir unos programas, pero, realmente, digerimos otros, a menudo bien distintos. Hay una cierta multi-frenia en la sociedad que se traduce en actitudes que no consuelan o mejoran la realidad de los que viven peor o pasan por situaciones complejas.
La búsqueda atroz de audiencias, que pretendemos que sean cuanto más grandes mejor supone a veces distorsiones y apreciaciones que no colocan en el lugar adecuado a los medios periodísticos. Cuando los asuntos que abordamos son de extremadamente sensibilidad es preciso que seamos más prudentes y cautelosos. Hagamos un poco de memoria y de síntesis. Los objetivos informativos y formativos de los medios de comunicación están en la base de su surgimiento, conformando un deber de servicio público que no siempre, por la labor que desempeñan, se vislumbra al ciento por ciento.
Además, tengamos en cuenta que las propias características de los mensajes (rápidos, transitorios y fugaces), basados en la atracción y con la superposición de los niveles afectivos a los racionales, con el mismo afán recaudador de audiencia, nos distancian constantemente de esa labor de búsqueda del interés público, que no es exactamente igual a lo que conocemos, supuestamente, como el interés del público. El artículo, en este caso, nos condiciona.
Asimismo, la propia estructura empresarial hace que se impongan, en múltiples ocasiones, los deseos de los responsables a los del público en general, o particularmente de los periodistas, de los creativos, de los técnicos o de los que garantizan los soportes y contenidos. El medio, repetimos, es el mensaje, es el mensaje mismo. Y lo es también cuando hablamos de patologías.
Por ende, cuando pensamos en algunos tipos de enfermedades y en su tratamiento mediático, como es el caso de las patologías de origen o de carácter mental, nos damos cuenta de que o bien nos quedamos en aspectos muy superficiales, o bien nos vamos a los tópicos, o incluso las plasmamos cargadas de tabúes, de truculencias, de estridencias, de falsas ambigüedades o de eufemismos que apenas nos conducen a los puntos de referencia y/o de inflexión que nos gustaría y que seguramente complacerían a la sociedad, cada vez más demandante de información plena y segura en todas las esferas, más aún en las científicas y/o médicas.
Como quiera que los medios de comunicación y sus profesionales han de reconciliarse con los intereses de la ciudadanía en muchas materias, fundamentalmente en aquellas más relevantes y esenciales, nos planteamos cuáles son las condiciones y los condicionantes del discurso informativo dirigido a los temas de salud, y, más concretamente, a este tipo de enfermedades que durante años han pasado desapercibidas en los medios y en una sociedad que tampoco quería ver la realidad misma, quizá por “disgustante” o desconocida, pese a su cercanía.
Se habla de que el 40 por ciento de la población, antes o después, en algún momento de su vida, padece enfermedades de tipo mental. El interés es claro, máximo si vemos que entre un cinco y un diez por ciento de las informaciones televisivas (la televisión es el medio más influyente hasta el momento) tienen que ver con la salud, con los hábitos saludables, con la prevención de enfermedades o con investigaciones o descubrimientos en este campo.
El deseo, el afán, y los objetivos que nos debemos marcar en el tratamiento de este tipo de noticias, o de sus más extensos reportajes, es que la información se base en la calidad, en la profesional y en la humana, al tiempo que hemos de pensar que hablamos de personas, de sus realidades, de sus familias, de dolor… Eso exige un tratamiento especial, bondadoso, solidario, sustentado en la empatía, en la puesta en escena de valores intangibles de amor y de concordia, de ayuda en lo especial y en lo genérico, de entendimientos a toda costa y sin fisuras. Creo que lo primero que tiene que ser un periodista es una buena persona. Entiendo que ha de actuar con la mejor de las actitudes y de las intenciones, consultando muchas fuentes, pensando con claridad y con pausa lo que quiere contar y por qué, y cómo…
Detrás hay mucha vida en juego, y también mucha felicidad. Hemos de contribuir a que la calidad en la existencia que buscan los médicos halle en los profesionales de la información a sus mejores cómplices, porque podemos hacerlo, porque lo hacemos, porque debemos. Hay ejemplos en positivo de lo que estamos destacando. Muchas veces se hacen bien las cosas, y son esos modelos los que nos han de servir de referencia. Por lo tanto, precisamos humanidad, bondad, mucho cariño y prudencia y cautela con las estridencias en las que podamos caer. El morbo y la rapidez no ayudan, precisamente, a lo que estamos intentando defender.
Es inevitable, pues, que nos acerquemos a estos asuntos con amplitud de miras y en el deseo de mejorar el tratamiento que se hace de esta tipología informativa. Haremos un favor a la profesión y a la sociedad, y, de paso, abundaremos en cuestiones más subjetivamente espirituales ante el mundo crematístico que nos rodea. La mano queda tendida. Queda encontrarnos para estrechar las de los otros, sobre todo las de los más silenciosos. No convirtamos en víctimas más grandes a los que precisan fe y esperanza de todos los miembros de la sociedad. De todos, insistimos, depende.
Juan TOMÁS FRUTOS.
En defensa de la bondad frente a argumentos
“victimo-lógicos”
En todo proceso comunicativo hemos de pretender que, por el camino, no se pierda la esencia de lo que queremos narrar. No es sencillo. Decía Marshall McLuhan que el medio es el mensaje, que sus recursos, que todo lo que interviene en sus procesos condiciona a los mismos fenómenos que les acompañan. Hace cuarenta años que lo subrayó, y creo que nunca antes ha tenido más vigencia que ahora. Las propias condiciones y los condicionantes de unos medios que aspiran a presentarse como enteros hacen que lo que sale de las empresas periodísticas no siempre se fije en los intereses colectivos globales, sino en los de una parte de la propia sociedad, con fines más o menos níveos.
Aunque nos duela el reconocerlo, los medios constituyen ese “callejón del gato” del que hablaba Valle Inclán: reflejan lo que es la sociedad, lo que acepta por acción u omisión. La culpabilidad, o, más bien, las responsabilidades surgen por hacer o por dejar hacer. La falta de pro-actividad para mejorar ciertas actitudes o comportamientos nos llevan al punto en el que estamos. Lo que vemos en medios masivos como la televisión es lo que consentimos de un modo u otro. No olvidemos que lo que nos dicen las encuestas cualitativas no siempre se traducen en aspectos cuantitativos. Indicamos consumir unos programas, pero, realmente, digerimos otros, a menudo bien distintos. Hay una cierta multi-frenia en la sociedad que se traduce en actitudes que no consuelan o mejoran la realidad de los que viven peor o pasan por situaciones complejas.
La búsqueda atroz de audiencias, que pretendemos que sean cuanto más grandes mejor supone a veces distorsiones y apreciaciones que no colocan en el lugar adecuado a los medios periodísticos. Cuando los asuntos que abordamos son de extremadamente sensibilidad es preciso que seamos más prudentes y cautelosos. Hagamos un poco de memoria y de síntesis. Los objetivos informativos y formativos de los medios de comunicación están en la base de su surgimiento, conformando un deber de servicio público que no siempre, por la labor que desempeñan, se vislumbra al ciento por ciento.
Además, tengamos en cuenta que las propias características de los mensajes (rápidos, transitorios y fugaces), basados en la atracción y con la superposición de los niveles afectivos a los racionales, con el mismo afán recaudador de audiencia, nos distancian constantemente de esa labor de búsqueda del interés público, que no es exactamente igual a lo que conocemos, supuestamente, como el interés del público. El artículo, en este caso, nos condiciona.
Asimismo, la propia estructura empresarial hace que se impongan, en múltiples ocasiones, los deseos de los responsables a los del público en general, o particularmente de los periodistas, de los creativos, de los técnicos o de los que garantizan los soportes y contenidos. El medio, repetimos, es el mensaje, es el mensaje mismo. Y lo es también cuando hablamos de patologías.
Por ende, cuando pensamos en algunos tipos de enfermedades y en su tratamiento mediático, como es el caso de las patologías de origen o de carácter mental, nos damos cuenta de que o bien nos quedamos en aspectos muy superficiales, o bien nos vamos a los tópicos, o incluso las plasmamos cargadas de tabúes, de truculencias, de estridencias, de falsas ambigüedades o de eufemismos que apenas nos conducen a los puntos de referencia y/o de inflexión que nos gustaría y que seguramente complacerían a la sociedad, cada vez más demandante de información plena y segura en todas las esferas, más aún en las científicas y/o médicas.
Como quiera que los medios de comunicación y sus profesionales han de reconciliarse con los intereses de la ciudadanía en muchas materias, fundamentalmente en aquellas más relevantes y esenciales, nos planteamos cuáles son las condiciones y los condicionantes del discurso informativo dirigido a los temas de salud, y, más concretamente, a este tipo de enfermedades que durante años han pasado desapercibidas en los medios y en una sociedad que tampoco quería ver la realidad misma, quizá por “disgustante” o desconocida, pese a su cercanía.
Se habla de que el 40 por ciento de la población, antes o después, en algún momento de su vida, padece enfermedades de tipo mental. El interés es claro, máximo si vemos que entre un cinco y un diez por ciento de las informaciones televisivas (la televisión es el medio más influyente hasta el momento) tienen que ver con la salud, con los hábitos saludables, con la prevención de enfermedades o con investigaciones o descubrimientos en este campo.
El deseo, el afán, y los objetivos que nos debemos marcar en el tratamiento de este tipo de noticias, o de sus más extensos reportajes, es que la información se base en la calidad, en la profesional y en la humana, al tiempo que hemos de pensar que hablamos de personas, de sus realidades, de sus familias, de dolor… Eso exige un tratamiento especial, bondadoso, solidario, sustentado en la empatía, en la puesta en escena de valores intangibles de amor y de concordia, de ayuda en lo especial y en lo genérico, de entendimientos a toda costa y sin fisuras. Creo que lo primero que tiene que ser un periodista es una buena persona. Entiendo que ha de actuar con la mejor de las actitudes y de las intenciones, consultando muchas fuentes, pensando con claridad y con pausa lo que quiere contar y por qué, y cómo…
Detrás hay mucha vida en juego, y también mucha felicidad. Hemos de contribuir a que la calidad en la existencia que buscan los médicos halle en los profesionales de la información a sus mejores cómplices, porque podemos hacerlo, porque lo hacemos, porque debemos. Hay ejemplos en positivo de lo que estamos destacando. Muchas veces se hacen bien las cosas, y son esos modelos los que nos han de servir de referencia. Por lo tanto, precisamos humanidad, bondad, mucho cariño y prudencia y cautela con las estridencias en las que podamos caer. El morbo y la rapidez no ayudan, precisamente, a lo que estamos intentando defender.
Es inevitable, pues, que nos acerquemos a estos asuntos con amplitud de miras y en el deseo de mejorar el tratamiento que se hace de esta tipología informativa. Haremos un favor a la profesión y a la sociedad, y, de paso, abundaremos en cuestiones más subjetivamente espirituales ante el mundo crematístico que nos rodea. La mano queda tendida. Queda encontrarnos para estrechar las de los otros, sobre todo las de los más silenciosos. No convirtamos en víctimas más grandes a los que precisan fe y esperanza de todos los miembros de la sociedad. De todos, insistimos, depende.
Juan TOMÁS FRUTOS.
sábado, 26 de septiembre de 2009
La distinción de la comunicación
Miremos el realce de la comunicación, lo que supone. Lo hemos dicho reiteradamente, pero conviene que insistamos. Los valores de convivencia son esenciales, más básicos de lo que pensamos, más de lo que decimos. Obtenemos fuerza desde el elogio de lo intangible. Nos impulsamos y nos propulsamos cada día por los sentimientos de conocer, de aprender y de considerar. Para ello precisamos de la comunicación, de ese flujo que nos permite e invita a ir de la mano del intelecto. No hay peso en esta singladura. Probemos. De lo que se trata es de diseñar una nueva maestría neuronal. El sentido de la voluntad nos ha de ayudar y conducir en todo este proceso, que es básico para seguir, para crecer, para aumentar el caudal que nos suministran los conductos de los mensajes, de sus contextos, de sus intenciones, de sus condiciones y condicionantes, de sus pretensiones más o menos manifiestas…
Incrementamos lo que conocemos desde la experiencia y comunicándonos interior y exteriormente. Podemos y sabemos que podemos conforme vamos aplicando las fórmulas o remedios más o menos consecuentes o fructíferos. El tiempo no se detiene. Hemos de afrontarlo con reglas no escritas por la Naturaleza, pero que funcionan cuando laboramos en pos de un aumento intelectual, espiritual y hasta físico. Las lecciones nos han de servir para vivir en una doble dirección.
Los afectos se transmiten con la comunicación, también sus contrarios, y las ideas, y los hechos, y todo lo que tiene un bagaje de valores que nos entroncan con la tradición, igualmente con lo más moderno… Gracias a este proceso, el ser humano se distingue del resto de seres de la Naturaleza, que admite unos derroteros en función de lo abstracto, que lo prendemos con normas de convivencia aprehendidas desde la comunicación viva y dinámica. Antes o después (confiemos en que sea más pronto que tarde) nos abocamos a comprensiones de niveles grandes.
La comunicación es todo. Nos da ilusiones, alegría, vida misma, derroteros, posibilidades, mejoras… Hay un baluarte polivalente, pero hemos de pensar en positivo para que los resultados también lo sean. Nos hemos de proteger y de liberar de los efectos y aspectos de un fenómeno que nos puede asegurar una realidad mucho más alegre. Nos debemos hacer más humanos, más abiertos, más encima de las cosas que nos interesan. No aceptemos reducciones extrañas o incomprensibles en su terminología.
Mantengamos el tipo. Contemos lo que nos sucede, lo que meditamos, lo que nos ofrece garantías, así como todo aquello que nos hará experimentar una existencia más potente y gratificante. La fuerza nos llegará desde convicciones y compromisos que nos consolidarán en sociedades del conocimiento y del respeto desde unos valores que contribuirán al viento de la convivencia. Intentemos que sople fuerte. Cultivarlos es una obligación doble, en lo personal y en lo colectivo. Sus mieles son ingentes. Saborearlas es un placer en lo inmediato, en el corto y medio plazo, pero también son la base para un futuro compartido y complacido.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Incrementamos lo que conocemos desde la experiencia y comunicándonos interior y exteriormente. Podemos y sabemos que podemos conforme vamos aplicando las fórmulas o remedios más o menos consecuentes o fructíferos. El tiempo no se detiene. Hemos de afrontarlo con reglas no escritas por la Naturaleza, pero que funcionan cuando laboramos en pos de un aumento intelectual, espiritual y hasta físico. Las lecciones nos han de servir para vivir en una doble dirección.
Los afectos se transmiten con la comunicación, también sus contrarios, y las ideas, y los hechos, y todo lo que tiene un bagaje de valores que nos entroncan con la tradición, igualmente con lo más moderno… Gracias a este proceso, el ser humano se distingue del resto de seres de la Naturaleza, que admite unos derroteros en función de lo abstracto, que lo prendemos con normas de convivencia aprehendidas desde la comunicación viva y dinámica. Antes o después (confiemos en que sea más pronto que tarde) nos abocamos a comprensiones de niveles grandes.
La comunicación es todo. Nos da ilusiones, alegría, vida misma, derroteros, posibilidades, mejoras… Hay un baluarte polivalente, pero hemos de pensar en positivo para que los resultados también lo sean. Nos hemos de proteger y de liberar de los efectos y aspectos de un fenómeno que nos puede asegurar una realidad mucho más alegre. Nos debemos hacer más humanos, más abiertos, más encima de las cosas que nos interesan. No aceptemos reducciones extrañas o incomprensibles en su terminología.
Mantengamos el tipo. Contemos lo que nos sucede, lo que meditamos, lo que nos ofrece garantías, así como todo aquello que nos hará experimentar una existencia más potente y gratificante. La fuerza nos llegará desde convicciones y compromisos que nos consolidarán en sociedades del conocimiento y del respeto desde unos valores que contribuirán al viento de la convivencia. Intentemos que sople fuerte. Cultivarlos es una obligación doble, en lo personal y en lo colectivo. Sus mieles son ingentes. Saborearlas es un placer en lo inmediato, en el corto y medio plazo, pero también son la base para un futuro compartido y complacido.
Juan TOMÁS FRUTOS.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Método, riesgo y circunstancias comunicativas
El camino es importante, pero no siempre lo sabemos y lo valoramos. Las circunstancias también son relevantes, pero no caemos a menudo en la cuenta de lo que son, de por qué lo son. Queremos los resultados ya, antes de empezar, aunque el proceso tenga sus fases, aunque se hayan producido despistes que nos hayan llevado a demoras inútiles. Es el tiempo que nos ha tocado vivir. Incluso nos dicen que es el ritmo de la vida, el ciclo que nos envuelve y que caracteriza nuestra forma de caminar por el universo de las cosas. Así es. Marchamos con una premura tal que andamos siempre en pos de un descanso o relajación que nos invite a analizar lo que ocurre en el entorno. Deseamos constantemente que llegue ese período de vacaciones, de libranzas o sencillamente de fin de semana, o cuando menos esas horas en las que no hacemos las cosas por obligación, sino más bien por devoción. Es como dar, si llega, si aparece en tiempo y forma, con un peldaño donde guarecernos y tomar un poco de aire, el suficiente para seguir adelante, pues no se puede parar. Se nota esa persecución permanente, sobre todo cuando la efectuamos de una guisa brillante y hasta azogada, cuando saboreamos lo que hacemos, llegado el momento anhelado, como también se advierte cuando no somos capaces de deleitarnos con lo que llevamos a cabo durante muchos días de nuestras vidas. Esa última imagen es un tanto patética.
Vamos en pos de una gloria que tiene sabor a quehaceres que no se han de atender por compromiso, excepto ése que surge de nuestro interior, que es el más válido y potente, el que nos gusta de verdad. Nos apresuramos para llegar a él, pero suelen pasar muchos años sin que demos con la meta apetecida. Es una pena, puesto que el tiempo no vuelve. En algo fallamos, y entendemos que somos demasiados los que protagonizamos ciertos equívocos.
La vida es curiosa. La experimentamos esperando oportunidades que pasan, y eso, entiendo, no vale. No hay repeticiones, no de verdad, pues nunca pasamos dos veces por el mismo sitio y con un idéntico cronos. Quizá falla la comunicación en general, y también la propia, esto es, con nosotros mismos, la que deberíamos consumir de modo particular. Las medidas han de servir para algo.
Ciertamente, suceden los milagros. Llegan esos instantes para respirar, o para analizar quedamente lo que ocurre, y puede que, entonces, nos enzarcemos en atrasos o adelantos que nos nublen la vista ante la necesidad de ponderar, de equilibrar, o de hacer ese alto que nos invite a considerar con perspectiva lo que hacemos, lo que pensamos, lo que acontece, lo que otros realizan… Siempre falta tiempo, para lo urgente, claro, y, asimismo, para lo importante, que es aún peor.
Señalamos reiteradamente andares que nos formulan impaciencias por llegar a espacios para la calma, y éstos también son aprovechados para decir y hacer. Las dudas se convierten en métodos, y estos chocan con la falta de actividad comunicativa, que puede convertirse en un antídoto real. Lo mejor es mirar hacia delante, al futuro, y pensar que cualquier momento estelar está por aparecer. Admitamos algunos equívocos también y cojamos las mieles de los años. Quedan muchos amaneceres por vivir, y eso nos debe llenar de ilusión, de una gran ilusión. Apostemos por el riesgo en lo que, comunicativamente hablando, está por suceder. Las impaciencias no son buenas acompañantes. Procuremos estar en el término medio de las circunstancias que precisamos. Lo agradeceremos. Ponernos en camino es ya un éxito, y la voluntad de recorrerlo lo es aún más.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Vamos en pos de una gloria que tiene sabor a quehaceres que no se han de atender por compromiso, excepto ése que surge de nuestro interior, que es el más válido y potente, el que nos gusta de verdad. Nos apresuramos para llegar a él, pero suelen pasar muchos años sin que demos con la meta apetecida. Es una pena, puesto que el tiempo no vuelve. En algo fallamos, y entendemos que somos demasiados los que protagonizamos ciertos equívocos.
La vida es curiosa. La experimentamos esperando oportunidades que pasan, y eso, entiendo, no vale. No hay repeticiones, no de verdad, pues nunca pasamos dos veces por el mismo sitio y con un idéntico cronos. Quizá falla la comunicación en general, y también la propia, esto es, con nosotros mismos, la que deberíamos consumir de modo particular. Las medidas han de servir para algo.
Ciertamente, suceden los milagros. Llegan esos instantes para respirar, o para analizar quedamente lo que ocurre, y puede que, entonces, nos enzarcemos en atrasos o adelantos que nos nublen la vista ante la necesidad de ponderar, de equilibrar, o de hacer ese alto que nos invite a considerar con perspectiva lo que hacemos, lo que pensamos, lo que acontece, lo que otros realizan… Siempre falta tiempo, para lo urgente, claro, y, asimismo, para lo importante, que es aún peor.
Señalamos reiteradamente andares que nos formulan impaciencias por llegar a espacios para la calma, y éstos también son aprovechados para decir y hacer. Las dudas se convierten en métodos, y estos chocan con la falta de actividad comunicativa, que puede convertirse en un antídoto real. Lo mejor es mirar hacia delante, al futuro, y pensar que cualquier momento estelar está por aparecer. Admitamos algunos equívocos también y cojamos las mieles de los años. Quedan muchos amaneceres por vivir, y eso nos debe llenar de ilusión, de una gran ilusión. Apostemos por el riesgo en lo que, comunicativamente hablando, está por suceder. Las impaciencias no son buenas acompañantes. Procuremos estar en el término medio de las circunstancias que precisamos. Lo agradeceremos. Ponernos en camino es ya un éxito, y la voluntad de recorrerlo lo es aún más.
Juan TOMÁS FRUTOS.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Internet es una actitud social
Las costumbres cotidianas definen lo que somos, o lo que decimos que somos, o lo que podemos ser, o lo que seremos en el corto, medio o largo plazo. Es así. No somos lo que decimos, sino lo que realizamos ciertamente. Los usos diarios, los accesos a diversos ámbitos de nuestras existencias, definen el modelo sociológico de la comunidad de vecinos en la que nos hallamos. El dato es tan claro como duro de asumir, por el coste que conlleva en muchos aspectos. No es nuevo. El 80 por ciento de la población en países desarrollados como el nuestro no utiliza Internet de una manera activa, o pro-activa, asiduamente, sacándole todo el partido posible, buceando de un modo equilibrado y edificante y aprovechando todo el caudal de información y todos los cauces que ofrece de una manera integral. Son datos que maneja la Unión Europea. Hay una enorme distancia entre los usuarios de las redes informáticas y digitales y los que no lo son. Además, la brecha de la actitud, de los conocimientos y de los hábitos se alarga más y más. ¿Y qué podemos decir de aquellas naciones que no se pueden considerar Primer Mundo en el concepto economicista que conocemos, y con todo lo que ello supone para bien y para mal? Sin duda, la coyuntura, así como la estructura, es aún peor.
Hay, pues, un 20 por ciento de personas que sí optimizan, o casi lo consiguen, ese baluarte valioso que es Internet. Saben de programas, de ordenadores, de conexiones, de intercambios de opiniones o de experiencias, de conocimientos, de saberes, de enciclopedias, de análisis y estudios, etc. En este punto se incorporan, porque pueden, a menudo de una guisa fácil, a todos los avances que, por otro lado, crecen exponencialmente. Ellos, estas personas de las que hablamos, entienden todo lo que pasa, porque, incluso sin definiciones, lo viven.
El problema está en aquellas otras que no se han incorporado a todo este modelo sociológico que supone la Red de Redes, y, así, no aciertan a comprender lo que está sucediendo. Como máximo, lo intuyen, lo entienden un poco, pero se quedan fuera de esa frecuencia que todos los días emite “billones de billones” de datos por toda la geografía mundial y espacial. ¿Qué está pasando? No es sencillo de decir, pero sí nos damos cuenta de que esa brecha puede abrirse tanto que, en un momento determinado, va a ser muy complicado que se pueda cerrar o corregir, sobre todo en algunos sectores de la sociedad.
No olvidemos que el manejo de Internet no es un problema de mecánica: es más bien un asunto de actitud, de comprensibilidad en función de hábitos más o menos establecidos, es decir, no se trata de que algunos sectores sociales puedan recuperar el tiempo perdido, que podrán, utilizando aprendizajes más o menos rápidos. No es el uso del ordenador: es más bien lo que éste supone como nueva cultura, como búsqueda de otras fronteras.
Para ello, la docencia es algo más que rutinas o datos en estado puro. Hablamos de una nueva postura ante lo que nos rodea. Se puede llegar a todo en todas partes. El acceso es universal, pero eso hay que asumirlo como tal, y que no se quede en mera teoría o en una teoría que ya haremos realidad más adelante. El tren del conocimiento tiene sus escalas, tiene sus estadios, y a ellos se llega con experiencia. Por ende, el tiempo perdido lo es, hoy en día, más que nunca.
Por estas reflexiones que hacemos aquí creo que se tercia la necesidad, actualmente mayor, de poner en marcha una serie de ONG´s que, allá donde estén, implanten y defiendan esa nueva cultura, que no ha de ser económica o política, no en estricto sentido, sino social. Todos debemos estar involucrada en ella. El que haya exclusiones por motivos geográficos o financieros, o intelectuales (que todavía es peor), sólo apunta al fracaso de un sistema que, con vocación universal, no puede renunciar, no debe renunciar, a su universalización. Si lo hacemos, esa nueva oportunidad de ser mas libres gracias al conocimiento se habrá quedado en algún lugar ignoto. No dar lugar a ello es una responsabilidad de todos. Empecemos, como dice Freire, por destacar lo que ocurre. Esa caracterización nos llevará a un itinerario que hemos de caminar juntos. Seguro que en ese aprendizaje habrá una mejor sociología.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Hay, pues, un 20 por ciento de personas que sí optimizan, o casi lo consiguen, ese baluarte valioso que es Internet. Saben de programas, de ordenadores, de conexiones, de intercambios de opiniones o de experiencias, de conocimientos, de saberes, de enciclopedias, de análisis y estudios, etc. En este punto se incorporan, porque pueden, a menudo de una guisa fácil, a todos los avances que, por otro lado, crecen exponencialmente. Ellos, estas personas de las que hablamos, entienden todo lo que pasa, porque, incluso sin definiciones, lo viven.
El problema está en aquellas otras que no se han incorporado a todo este modelo sociológico que supone la Red de Redes, y, así, no aciertan a comprender lo que está sucediendo. Como máximo, lo intuyen, lo entienden un poco, pero se quedan fuera de esa frecuencia que todos los días emite “billones de billones” de datos por toda la geografía mundial y espacial. ¿Qué está pasando? No es sencillo de decir, pero sí nos damos cuenta de que esa brecha puede abrirse tanto que, en un momento determinado, va a ser muy complicado que se pueda cerrar o corregir, sobre todo en algunos sectores de la sociedad.
No olvidemos que el manejo de Internet no es un problema de mecánica: es más bien un asunto de actitud, de comprensibilidad en función de hábitos más o menos establecidos, es decir, no se trata de que algunos sectores sociales puedan recuperar el tiempo perdido, que podrán, utilizando aprendizajes más o menos rápidos. No es el uso del ordenador: es más bien lo que éste supone como nueva cultura, como búsqueda de otras fronteras.
Para ello, la docencia es algo más que rutinas o datos en estado puro. Hablamos de una nueva postura ante lo que nos rodea. Se puede llegar a todo en todas partes. El acceso es universal, pero eso hay que asumirlo como tal, y que no se quede en mera teoría o en una teoría que ya haremos realidad más adelante. El tren del conocimiento tiene sus escalas, tiene sus estadios, y a ellos se llega con experiencia. Por ende, el tiempo perdido lo es, hoy en día, más que nunca.
Por estas reflexiones que hacemos aquí creo que se tercia la necesidad, actualmente mayor, de poner en marcha una serie de ONG´s que, allá donde estén, implanten y defiendan esa nueva cultura, que no ha de ser económica o política, no en estricto sentido, sino social. Todos debemos estar involucrada en ella. El que haya exclusiones por motivos geográficos o financieros, o intelectuales (que todavía es peor), sólo apunta al fracaso de un sistema que, con vocación universal, no puede renunciar, no debe renunciar, a su universalización. Si lo hacemos, esa nueva oportunidad de ser mas libres gracias al conocimiento se habrá quedado en algún lugar ignoto. No dar lugar a ello es una responsabilidad de todos. Empecemos, como dice Freire, por destacar lo que ocurre. Esa caracterización nos llevará a un itinerario que hemos de caminar juntos. Seguro que en ese aprendizaje habrá una mejor sociología.
Juan TOMÁS FRUTOS.
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