La labor ha de ser diaria, sin cejar en el intento, procurando ganar experiencia y memoria. Incrementemos las posibilidades y los modos de comunicar, superando todo obstáculo o miedo al fracaso que podamos tener. Me pongo a trabajar en esa idea que nos puede acercar. Ésa es la referencia, como tú. Me siento obligado a cambios con los que cruzar el río de la vida, que es fruto de etapas anteriores y todo un enorme tránsito hacia nuevas cosechas. Es gracioso lo que veo, lo que aprendo, lo que tengo, lo que soy, gracias a la intercesión de un proceso de ansias repetidas. Sigo mirando lo que haces, con el propósito de aprender, de disfrutar con lo que tú realizas, que tan bien compartes.
Hemos agotado algunos recursos, que hemos de complementar y rellenar con unas voluntades profundas. Nos alabamos con unas promesas ingentes que nos influyen con resoluciones ante lo negativo, que hemos de ponderar y hasta superar. Hemos llamado la atención sobre cuanto nos complace, que ha de ser para los demás también. Todos debemos vivir en positivo. Nos relevamos en la singladura que nos consuela cuando las cosas no salen como deseamos. Hemos de procurar enmendar esas planas que nos detienen.
La creatividad es el instrumento de la moderada ansia hacia la mejora, hacia el aprendizaje, en consonancia con lo que nos rodea, que ha de presentarse como importante, incluso cuando se trata de cosas pequeñas. Ensayamos, o debemos, con alternativas serias que nos conducen por vericuetos de palabras más o menos sabrosas con las que alimentar los anhelos de felicidad que recurrentemente nos inundan.
Persigamos esos dones de la naturaleza que, en forma de habilidad o de capacidad, nos consuelan en las largas noches del invierno, que va más allá de lo meteorológico. Vivimos y aprendemos: ésa es la ruta, ése es el momento, ahí queda el ímpetu con el que culminar muchos procesos.
La técnica es importante, diría que fundamental. No obstante, las ideas siguen siendo los exponentes de las transformaciones, de las ayudas para mejorar, de lo que tiene sentido para pensar a medio o largo plazo en el mañana. El sustento ha de estar en la imaginación bien intencionada, en la ponderación de los sentidos. Seamos atrevidos de vez en cuando para saltar los obstáculos que nos regala la vida como asidero para poder madurar.
Gustemos con las soledades que son sorpresas y anhelos desde la distancia y la justicia más noble, pero, al tiempo, busquemos en los rincones de los corazones que nos rodean, que todos los días nos han de procurar ese alimento que es la felicidad, aunque sea a dosis pequeñas. Ya irá creciendo. Para esa fermentación también necesitamos creatividad, muchas cantidades de su expansivo elemento. Nos transportará a mundos imaginados, y a otros que están por venir. El quehacer ha de ser perenne, constante, sin tregua, no caduco, y siempre prestos a permitirnos todo el aprendizaje que sea posible.
Juan TOMÁS FRUTOS.
viernes, 27 de noviembre de 2009
jueves, 26 de noviembre de 2009
Empatía y simpatía en la Comunicación
Pensar en las características y en las condiciones de los que nos rodean, con valentía, con juicio, con valores próximos, teniendo en cuenta sus circunstancias, y desde posiciones simpáticas y empáticas, constituye una base cierta de conocimiento convencido y de comunicación. El planteamiento en la vida, como en la comunicación, ha de ser intermedio. Utilicemos esa perspectiva. No nos distanciaremos, al menos, de quienes están más cerca. Afirmamos las evidencias que nos traen repasos de conductas y de entendimientos en el ámbito comunicativo. Estamos prestos a hacerlo viendo que hay, porque lo hay, un valor añadido en contarnos lo que ocurre. Hemos sido en la fugacidad de un crecimiento que nos dejó en un momento bueno de la fuerza, que nos distrae con resoluciones verdaderamente relativas, como casi todo en la vida. Hemos de plantearnos unos instantes de consentimientos mutuos. Hemos de fijar algunos anclajes para movernos entre injerencias y herejías.
Juntos podemos entre poderosas intenciones que no han de nublarnos la vista. Juramos convencimientos eternos de efímeras caricias al saber, que hemos de endulzar con más comunicación, que nos ha de liberar. El conocimiento ha de gestar más empatía, más resolución, menos conflictos, medicaciones ante las intenciones que se suceden con normativas más o menos básicas.
Hemos de aprender de lo que acontece, de lo que ocurre con una simpatía más o menos brillante. Hemos de generar más creíbles intenciones con atenciones supuestas. Iremos a alguna parte para consolidar aspectos considerados muy elementales, pero, en todo caso, precisos para incrementar nuestras personalidades, que han de madurar con prestaciones de gran enganche a lo que tiene sentido, que es casi todo lo que se advierte con una buena voluntad y con una mejor dedicación.
Refrescar lo que somos, lo que pretendemos, nuestros objetivos, y con la divisa de una comunicación constante en lo interior y en lo exterior, es el sustento de un protagonismo de preferencias que hemos de compartir completamente. Nos hemos dado unos soportes que debemos aprovechar en todo tiempo y lugar. Nos confesamos apoyos tan singulares como incondicionales. Hemos buscado palabras que hoy, como ayer, tienen, o han de tener, un cierto sentido.
Apliquemos el método del balance saliendo de los errores repetidos desde intereses variopintos. Hemos de contar todos los recursos, todos los condicionantes, desde el sabor de la intención linda, que la tenemos, o debemos, y así saldremos con la convicción de que intentamos (al menos, de tener esa vocación) aprovechar los elementos que fueron respuestas antes de formular las preguntas. Comunicamos. Comuniquemos. Nos daremos muchas pistas para aprender y para estar más sosegados moderados en nuestras decisiones. No olvidemos que la simpatía y la empatía funcionan muy mucho en comunicación, y, claro, en todas las áreas de nuestra vida.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Juntos podemos entre poderosas intenciones que no han de nublarnos la vista. Juramos convencimientos eternos de efímeras caricias al saber, que hemos de endulzar con más comunicación, que nos ha de liberar. El conocimiento ha de gestar más empatía, más resolución, menos conflictos, medicaciones ante las intenciones que se suceden con normativas más o menos básicas.
Hemos de aprender de lo que acontece, de lo que ocurre con una simpatía más o menos brillante. Hemos de generar más creíbles intenciones con atenciones supuestas. Iremos a alguna parte para consolidar aspectos considerados muy elementales, pero, en todo caso, precisos para incrementar nuestras personalidades, que han de madurar con prestaciones de gran enganche a lo que tiene sentido, que es casi todo lo que se advierte con una buena voluntad y con una mejor dedicación.
Refrescar lo que somos, lo que pretendemos, nuestros objetivos, y con la divisa de una comunicación constante en lo interior y en lo exterior, es el sustento de un protagonismo de preferencias que hemos de compartir completamente. Nos hemos dado unos soportes que debemos aprovechar en todo tiempo y lugar. Nos confesamos apoyos tan singulares como incondicionales. Hemos buscado palabras que hoy, como ayer, tienen, o han de tener, un cierto sentido.
Apliquemos el método del balance saliendo de los errores repetidos desde intereses variopintos. Hemos de contar todos los recursos, todos los condicionantes, desde el sabor de la intención linda, que la tenemos, o debemos, y así saldremos con la convicción de que intentamos (al menos, de tener esa vocación) aprovechar los elementos que fueron respuestas antes de formular las preguntas. Comunicamos. Comuniquemos. Nos daremos muchas pistas para aprender y para estar más sosegados moderados en nuestras decisiones. No olvidemos que la simpatía y la empatía funcionan muy mucho en comunicación, y, claro, en todas las áreas de nuestra vida.
Juan TOMÁS FRUTOS.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Aprovechamiento de los recursos en comunicación
El beneficio de la comunicación es claro. Por ello debemos intentar que sea plena. Hemos de sacar provecho a todos los instrumentos que tenemos a nuestro alcance para comunicar. Así, debemos gestionar los recursos comunicativos con unos aspectos básicos que nos han de permitir subir el tono con recuerdos valiosos en relación a la experiencia más cercana. Nos planteamos gozos con recuerdos y añadidos en la afirmación de los procesos, que siempre añaden, y que nos inculcan, o deben, reclamaciones afortunadas.
Hemos de sacar partido a lo mucho, a lo poco, a lo que tiene sentido, a lo que no parece tenerlo a primera vista. Conformamos una realidad que ha de beber de distintas fuentes, con las que hemos de consolidar un destino querido, conjuntado, planteado desde el respeto a todos y a todas.
La vida es acumulación de acontecimientos, de aprendizajes, de lecturas, de diálogos, de silencios, de caídas y de éxitos, desde el anonimato o el conocimiento, desde la intención más o menos manifiesta… En todo caso, hemos de procurar que nos acompañen los buenos propósitos, los mejores deseos. De esta guisa podemos disfrutar la gracia de obtener óptimas cosechas.
Las vinculaciones entre los momentos han de ser para añadir, para dar un poco más, para adecuarnos a los planteamientos más solubles, como edificadores de la estructura o coyuntura que tengamos en cada momento. Lo posible ha de ser tratado con el afán de superación, que hemos de coaligar a los demás.
Utilizar bien lo que tenemos es ponderar sus posibilidades, su coste, el empleo de un tiempo adecuado, su valor, sus resultados, etc. Debemos ser capaces de no cometer los mismos errores de antaño y hemos de potenciar las habilidades y opciones que nos circundan o que poseemos con el fin de ir mejorando, aunque, eso sí, no hemos de tener ni prisa ni pausa en este sentido.
Por otro lado, los niveles afectivos, en equilibrio con los racionales, han de constituir el bagaje de un periplo donde el aprendizaje será compartido y propicio para todos/as. Al menos, debe serlo. Optimicemos, pues, y seamos consecuentes con el valor añadido de la comunicación, que es mucho, que es todo el que queramos trasladarle. Enumeremos todas las posibilidades, y veamos lo que añaden cuando están juntas y bien utilizadas. Además, pensemos que la plenitud está en el intento, y no sólo en la consecución.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Hemos de sacar partido a lo mucho, a lo poco, a lo que tiene sentido, a lo que no parece tenerlo a primera vista. Conformamos una realidad que ha de beber de distintas fuentes, con las que hemos de consolidar un destino querido, conjuntado, planteado desde el respeto a todos y a todas.
La vida es acumulación de acontecimientos, de aprendizajes, de lecturas, de diálogos, de silencios, de caídas y de éxitos, desde el anonimato o el conocimiento, desde la intención más o menos manifiesta… En todo caso, hemos de procurar que nos acompañen los buenos propósitos, los mejores deseos. De esta guisa podemos disfrutar la gracia de obtener óptimas cosechas.
Las vinculaciones entre los momentos han de ser para añadir, para dar un poco más, para adecuarnos a los planteamientos más solubles, como edificadores de la estructura o coyuntura que tengamos en cada momento. Lo posible ha de ser tratado con el afán de superación, que hemos de coaligar a los demás.
Utilizar bien lo que tenemos es ponderar sus posibilidades, su coste, el empleo de un tiempo adecuado, su valor, sus resultados, etc. Debemos ser capaces de no cometer los mismos errores de antaño y hemos de potenciar las habilidades y opciones que nos circundan o que poseemos con el fin de ir mejorando, aunque, eso sí, no hemos de tener ni prisa ni pausa en este sentido.
Por otro lado, los niveles afectivos, en equilibrio con los racionales, han de constituir el bagaje de un periplo donde el aprendizaje será compartido y propicio para todos/as. Al menos, debe serlo. Optimicemos, pues, y seamos consecuentes con el valor añadido de la comunicación, que es mucho, que es todo el que queramos trasladarle. Enumeremos todas las posibilidades, y veamos lo que añaden cuando están juntas y bien utilizadas. Además, pensemos que la plenitud está en el intento, y no sólo en la consecución.
Juan TOMÁS FRUTOS.
martes, 24 de noviembre de 2009
Buenas costumbres, buenas comunicaciones
Partimos del hecho de que la buena acción genera buenos resultados. Conviene que lo veamos así por lo que decimos a continuación. La comunicación, la negociación, la relación de unos con otros, está cargada de posibilidades, que vienen en función del comportamiento mismo. Trata a los demás como quieres que te traten a ti. Esto funciona, y lo hace a todos los niveles. Cuando nos mostramos afables cosechamos amabilidad. La mayoría de las veces es así, y, cuando no lo es, hemos de asumirlo como los riesgos que nos comporta la vida, que no siempre nos regala u otorga, en lo bueno o en lo malo, lo que nos merecemos. En unas ocasiones, sí, y en otras no tanto.
Hacer el bien sin mirar a quien es una máxima que ha de utilizarse cuando sea posible. Nos hemos de enamorar de la existencia dándole oportunidades en cuanto sea menester. Será la forma, y también la fortuna, de regalarnos opciones para dar con el aprendizaje constante y solvente.
Los universales de los griegos son los que funcionan desde hace miles de años: lo que ocurre es que tenemos que refrescarlos de vez en cuando con el fin de animarnos a dar con claves que nos generen una dosis aceptable de dicha, de consideración, de posibilidades.
En comunicación, el chequeo de lo que hacemos es una necesidad. Hemos de apuntarnos nuestras rutinas y, con cierta periodicidad, las debemos analizar para comprobar lo que da resultados y lo que no. Hemos de servir de testigos de cuanto realizamos para que todo no quede en una sencilla costumbre (o no tan sencilla) con la que afrontar lo que suceda.
Veamos, tras una interpretación más o menos exhaustiva, lo que nos sirve y lo que no, lo que nos edifica como personas y como seres sociales, y aquello otro que, de una u otra manera, nos deja al albur de circunstancias que generan pasividad o hasta negatividad, si fuera el caso.
Intentemos mejorar. Ésa ha de ser una actuación casi permanente, querida, firme en su factura, con la que poder gustar las mieles de la experiencia. De ella hemos de sacar conclusiones en positivo. Pensemos en los errores para no intentar repetirlos, pero saquemos provecho, en paralelo, del acontecer diario, de los aciertos, de aquellos que nos hacen vivir más intensamente y más cerca de quienes nos rodean.
El respeto a los derechos y deberes de los demás es fundamental. Lo es para pedir que se cumplan recíprocamente. Hemos de esforzarnos en este campo, y sembrarlo con buenas intenciones, con mejores actos, con perspectivas de compañía respetuosa. Seguro que ganaremos mucho en sabiduría y en tranquilidad, dos elementos básicos para convivencias y aprendizajes de todo género. Las posibilidades son todas, las que queramos, las que busquemos, eso sí, con un horizonte largo y amplio en su mirada. Ya saben: buenos usos y mejores resultados comunicativos. El beneficio es común.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Hacer el bien sin mirar a quien es una máxima que ha de utilizarse cuando sea posible. Nos hemos de enamorar de la existencia dándole oportunidades en cuanto sea menester. Será la forma, y también la fortuna, de regalarnos opciones para dar con el aprendizaje constante y solvente.
Los universales de los griegos son los que funcionan desde hace miles de años: lo que ocurre es que tenemos que refrescarlos de vez en cuando con el fin de animarnos a dar con claves que nos generen una dosis aceptable de dicha, de consideración, de posibilidades.
En comunicación, el chequeo de lo que hacemos es una necesidad. Hemos de apuntarnos nuestras rutinas y, con cierta periodicidad, las debemos analizar para comprobar lo que da resultados y lo que no. Hemos de servir de testigos de cuanto realizamos para que todo no quede en una sencilla costumbre (o no tan sencilla) con la que afrontar lo que suceda.
Veamos, tras una interpretación más o menos exhaustiva, lo que nos sirve y lo que no, lo que nos edifica como personas y como seres sociales, y aquello otro que, de una u otra manera, nos deja al albur de circunstancias que generan pasividad o hasta negatividad, si fuera el caso.
Intentemos mejorar. Ésa ha de ser una actuación casi permanente, querida, firme en su factura, con la que poder gustar las mieles de la experiencia. De ella hemos de sacar conclusiones en positivo. Pensemos en los errores para no intentar repetirlos, pero saquemos provecho, en paralelo, del acontecer diario, de los aciertos, de aquellos que nos hacen vivir más intensamente y más cerca de quienes nos rodean.
El respeto a los derechos y deberes de los demás es fundamental. Lo es para pedir que se cumplan recíprocamente. Hemos de esforzarnos en este campo, y sembrarlo con buenas intenciones, con mejores actos, con perspectivas de compañía respetuosa. Seguro que ganaremos mucho en sabiduría y en tranquilidad, dos elementos básicos para convivencias y aprendizajes de todo género. Las posibilidades son todas, las que queramos, las que busquemos, eso sí, con un horizonte largo y amplio en su mirada. Ya saben: buenos usos y mejores resultados comunicativos. El beneficio es común.
Juan TOMÁS FRUTOS.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Opciones ante la saturación informativa
Se multiplican día tras día los elementos noticiosos, o reiteradamente informativos. Cada vez hay más, o más de lo mismo. Se repite el bucle, el ciclo, la fortuna de dar y de recibir una enorme cantidad de flujos comunicativos. Comienza la semana con información, e igual termina. Y, por medio, más información. Aparecen datos por doquier, con profusión de estimaciones, de análisis, de interpretaciones de agenda, y seguimos con un entusiasmo extraordinario en pos de una misión que hemos de hacer posible. Lo es. Estamos estupendamente. Damos gracias porque las cosas salen con un compromiso de paz y de serena voluntad de idealismo y pasión. Hay mucho, si bien hemos de pensar que no llega ese mucho a todas las partes del globo terráqueo. Pasamos el tiempo algunas veces, pero otras es algo más. Debe. Nos sentimos conformados por la realidad, que, a menudo va bien, pero igualmente hemos de tratar de mejorar con búsquedas más claras de las esencias de las realidades circundantes.
Dicen un axioma de la comunicación que la saturación informativa produce desinformación. Aunque no juguemos conscientemente a ello, así es, así sucede, y ante ello hemos de poner freno. No podemos moderar la existencia de muchos flujos de comunicación. Probablemente tampoco es útil ni conveniente. Lo que sí parece necesario es tener más conocimiento que nunca antes para poder elegir de manera oportuna. La verdad, repitamos, nos hace libres.
Definir qué es importante de lo que no lo es no es sencillo: hay que buscar, esto es, debemos dedicar tiempo a saber lo que ocurre, cómo ocurre, los motivos, y, en paralelo, hemos de discernir lo que sucede, en su oportuna graduación, con prestaciones correctas, procurando que los demás participen en la medida que sea menester para crecer desde el aprendizaje más completo que sea posible.
Por lo tanto, cuando empieza una nueva semana, cuando unos nuevos días cargados de ilusiones están por delante, hemos de tener el firme propósito de seguir aprendiendo, pero no con inercia, no con dinamismos que no terminamos de comprender, sino más bien a través del aprendizaje continuo y seleccionado entre las diversas posturas, actitudes y visiones del universo que nos rodea y envuelve.
Hay que saber elegir, incluso aunque nos equivoquemos. Si erramos, pues enmendamos la plana, y seguimos. Decían los griegos que la virtud está en el punto intermedio, porque, precisamente, en la intención de hacer las cosas, por si fallamos, hemos de procurar no hacer daño a los demás, no conscientemente, y hemos de procurar que poco a poco vayamos dando con la dirección adecuada de la docencia de cada cual, y, si es posible, del conjunto social.
Madurar implica tomar decisiones, y el tomarlas nos lleva a madurar. Es un círculo en el que nos hemos de introducir para obtener suficientes mejoras que también harán que todo vaya de un modo más idóneo. Intentemos, pues, que en la profusión hallemos respuestas y no ese “todo revuelto” que no siempre nos conduce a buen puerto.
Ajustemos posibilidades y tomemos ese impulso, bien respirado, que nos invite a recoger buenos resultados en forma de conocimiento de lo que ocurre, de lo que sucede a todos los demás, lo que nos puede convertir en auténticos seres humanos. Veamos los árboles, y también el bosque, y viceversa. Los valores están ahí: conviene que hagamos todo el esfuerzo para definirlos y ponderarlos. Daremos con objetivos y conclusiones muy edificantes. Debemos desarrollar la habilidad de ver lo importante y lo interesante entre tantas opciones como existen en un mundo saturado por la información.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Dicen un axioma de la comunicación que la saturación informativa produce desinformación. Aunque no juguemos conscientemente a ello, así es, así sucede, y ante ello hemos de poner freno. No podemos moderar la existencia de muchos flujos de comunicación. Probablemente tampoco es útil ni conveniente. Lo que sí parece necesario es tener más conocimiento que nunca antes para poder elegir de manera oportuna. La verdad, repitamos, nos hace libres.
Definir qué es importante de lo que no lo es no es sencillo: hay que buscar, esto es, debemos dedicar tiempo a saber lo que ocurre, cómo ocurre, los motivos, y, en paralelo, hemos de discernir lo que sucede, en su oportuna graduación, con prestaciones correctas, procurando que los demás participen en la medida que sea menester para crecer desde el aprendizaje más completo que sea posible.
Por lo tanto, cuando empieza una nueva semana, cuando unos nuevos días cargados de ilusiones están por delante, hemos de tener el firme propósito de seguir aprendiendo, pero no con inercia, no con dinamismos que no terminamos de comprender, sino más bien a través del aprendizaje continuo y seleccionado entre las diversas posturas, actitudes y visiones del universo que nos rodea y envuelve.
Hay que saber elegir, incluso aunque nos equivoquemos. Si erramos, pues enmendamos la plana, y seguimos. Decían los griegos que la virtud está en el punto intermedio, porque, precisamente, en la intención de hacer las cosas, por si fallamos, hemos de procurar no hacer daño a los demás, no conscientemente, y hemos de procurar que poco a poco vayamos dando con la dirección adecuada de la docencia de cada cual, y, si es posible, del conjunto social.
Madurar implica tomar decisiones, y el tomarlas nos lleva a madurar. Es un círculo en el que nos hemos de introducir para obtener suficientes mejoras que también harán que todo vaya de un modo más idóneo. Intentemos, pues, que en la profusión hallemos respuestas y no ese “todo revuelto” que no siempre nos conduce a buen puerto.
Ajustemos posibilidades y tomemos ese impulso, bien respirado, que nos invite a recoger buenos resultados en forma de conocimiento de lo que ocurre, de lo que sucede a todos los demás, lo que nos puede convertir en auténticos seres humanos. Veamos los árboles, y también el bosque, y viceversa. Los valores están ahí: conviene que hagamos todo el esfuerzo para definirlos y ponderarlos. Daremos con objetivos y conclusiones muy edificantes. Debemos desarrollar la habilidad de ver lo importante y lo interesante entre tantas opciones como existen en un mundo saturado por la información.
Juan TOMÁS FRUTOS.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Todas las posibilidades de la comunicación
Mejorar es un derecho y hasta una obligación en cualquier sociedad. Para que ello sea posible hemos de valernos de sus instrumentos, entre ellos el llegar a los otros a través de la comunicación, que es el gran baluarte del individuo y de la sociedad. Nadie puede negarlo. Por eso debemos mover el engranaje cada día. Cuando nos empeñamos en no saber nada de la persona que nos acompaña en el vecindario, de aquella otra que vemos en el supermercado, de la que nos hemos cruzado por la calle cientos de veces, o de aquella que está emparentada por la biología, las aficiones, las formas de ver la vida, la naturaleza, o lo que fuese, cuando lo hacemos, dejamos atrás las diversiones y las posibilidades de un mundo que está ofertado con múltiples vectores, pero al que cada cual le debe poner un determinado nombre en forma de iniciativas y de prácticas cotidianas.
Comunicarnos es una necesidad: debe ser un compromiso en forma de obligación para todos. Hemos de cumplir con este quehacer con la premisa de que, ayudando, nos ayudamos a nosotros mismos. La felicidad surge de dentro a afuera, y se expande no escondiéndola, sino dándola a conocer, regalándola, que es como se multiplica de verdad. Probemos (seguro que lo hacemos ya), y veremos que es de este modo.
Hemos de agarrar los intereses con unas amplitudes que se han de confesar con perspectivas y afanes futuros. Si no se mira a medio o largo plazo no estamos haciendo una sociedad completa. No hay que tomar decisiones a golpe de un improvisado presente, sino teniendo en cuenta que las opciones tengan continuidad. Contemplemos el “Por-venir”. En el caso de que la evolución nos lleve por otros derroteros a los elucubrados, volveremos a tomar decisiones mancomunadas en el deseo de que todos, y todas, formen parte de las actuaciones que nos afectan o nos atraen de manera conjunta. La existencia es sociedad, lo es en ella.
Pensar que podemos progresar en soledad no sólo es meditar sin darle la suficiente pujanza y entereza a nuestras ideas, que han de ser sostenidas con entusiasmo, sino que tampoco nos ayuda. La unión, recordemos, hace la fuerza. Todo se hace en consenso, con la intervención de los miembros de una sociedad, que han de aceptar que las transformaciones van por el camino que deseamos al unísono. El diálogo, la conversación, el deseo de pactar, de ceder y de interceder todos con todos, es un proceso que nos conduce a buen puerto. Aunque demos muchas vueltas, conocemos que es esta guisa.
La intuición y la inteligencia son dos regalos de naturaleza y alcance extraordinarios. Juntos son poderosos, como lo son el amor y la bondad, la ternura, los escrúpulos, la ética, el buen hacer, la mejor intención y los universales de concordia, camaradería, solidaridad, así como los anhelos de ayudar al prójimo. Todos se pueden conjuntar mejor, mucho mejor, si partimos de la base de una comunicación en condiciones, de una fuerza destacada por consideraciones establecidas en un acuerdo entre iguales, que lo somos. Digámoslo.
La promesa de estar bien tiene que ver con la firme convicción de intentarlo, aunque sea progresivamente cada jornada. Hemos de apuntar todo lo alto que podamos para que la vista desde esa atalaya nos permita conocer las diversas realidades, análisis e interpretaciones posibles. Todos somos entendibles, todos tenemos voces, todos debemos ser escuchados. Todos/as. Persigamos, consecuentemente, la comprensión a través de los procesos comunicativos, de sus brillos, de sus ecos, de sus posibilidades, que son todas las que queramos descubrir. Las opciones, no lo olvidemos, son tan numerosas como extraordinarias.
Juan TOMÁS FRUTOS.
Comunicarnos es una necesidad: debe ser un compromiso en forma de obligación para todos. Hemos de cumplir con este quehacer con la premisa de que, ayudando, nos ayudamos a nosotros mismos. La felicidad surge de dentro a afuera, y se expande no escondiéndola, sino dándola a conocer, regalándola, que es como se multiplica de verdad. Probemos (seguro que lo hacemos ya), y veremos que es de este modo.
Hemos de agarrar los intereses con unas amplitudes que se han de confesar con perspectivas y afanes futuros. Si no se mira a medio o largo plazo no estamos haciendo una sociedad completa. No hay que tomar decisiones a golpe de un improvisado presente, sino teniendo en cuenta que las opciones tengan continuidad. Contemplemos el “Por-venir”. En el caso de que la evolución nos lleve por otros derroteros a los elucubrados, volveremos a tomar decisiones mancomunadas en el deseo de que todos, y todas, formen parte de las actuaciones que nos afectan o nos atraen de manera conjunta. La existencia es sociedad, lo es en ella.
Pensar que podemos progresar en soledad no sólo es meditar sin darle la suficiente pujanza y entereza a nuestras ideas, que han de ser sostenidas con entusiasmo, sino que tampoco nos ayuda. La unión, recordemos, hace la fuerza. Todo se hace en consenso, con la intervención de los miembros de una sociedad, que han de aceptar que las transformaciones van por el camino que deseamos al unísono. El diálogo, la conversación, el deseo de pactar, de ceder y de interceder todos con todos, es un proceso que nos conduce a buen puerto. Aunque demos muchas vueltas, conocemos que es esta guisa.
La intuición y la inteligencia son dos regalos de naturaleza y alcance extraordinarios. Juntos son poderosos, como lo son el amor y la bondad, la ternura, los escrúpulos, la ética, el buen hacer, la mejor intención y los universales de concordia, camaradería, solidaridad, así como los anhelos de ayudar al prójimo. Todos se pueden conjuntar mejor, mucho mejor, si partimos de la base de una comunicación en condiciones, de una fuerza destacada por consideraciones establecidas en un acuerdo entre iguales, que lo somos. Digámoslo.
La promesa de estar bien tiene que ver con la firme convicción de intentarlo, aunque sea progresivamente cada jornada. Hemos de apuntar todo lo alto que podamos para que la vista desde esa atalaya nos permita conocer las diversas realidades, análisis e interpretaciones posibles. Todos somos entendibles, todos tenemos voces, todos debemos ser escuchados. Todos/as. Persigamos, consecuentemente, la comprensión a través de los procesos comunicativos, de sus brillos, de sus ecos, de sus posibilidades, que son todas las que queramos descubrir. Las opciones, no lo olvidemos, son tan numerosas como extraordinarias.
Juan TOMÁS FRUTOS.
viernes, 20 de noviembre de 2009
El ecosistema comunicativo como base del entendimiento
Para entendernos hay que hablar: hemos de procurar que nos entiendan desde la realidad y la convicción de que la palabra contribuye al acercamiento entre los seres humanos. La comunicación es la base de todo. Nada puede resultar bien, salvo por esas casualidades que no existen, ni no nos damos fe a través de los procesos comunicativos. El que nos entendamos con los convecinos/as es un compromiso que hasta puede verse como una obligación o una necesidad. Lo importante es que nos comprendamos, que atemos lazos que nos inviten a una existencia creciente, elevada, inversora en inteligencia y en progreso, con proyectos consensuados, pactados, útiles para la mayoría teniendo en cuenta a las minorías. Ése es el desafío.
No obstante, tengamos en cuenta que la comprensión supone un premio añadido, y así debemos ver esa postura. El galardón es el entendimiento por sí, con lo que implica desde el punto de vista de ahorro de tiempos, de mejoras, de distorsiones que se evitan, de actitudes de reconciliación, de dicha, de pensamientos en positivo que siempre contribuyen a imaginar y a conformar un mundo más idóneo.
La felicidad tiene que ser un fin, pero no una determinación a costa de lo que sea, sino en relación a los que viven alrededor. Difícilmente podemos ser dichosos, si los demás no lo son. Para ello hemos de saber sus ideas, lo que piensan en torno a lo que acontece, sus decisiones (aquellas que han de compartir), etc.
El entendernos es la base de un sistema de convivencia. Hemos de conocer a los otros, de reconocernos en ellos, de disculpar los fracasos o errores, como los demás perdonan los nuestros. Los mejores activos en todas las relaciones vienen de las manos comunicativas, de los pies que nos invitan a caminar en unión y concordia, compartiendo pareceres e intenciones.
La realidad en progreso es posible únicamente a través del diálogo, de la tertulia buscada con formas y fondos de ganancias solidarias. Hemos de saber influirnos con refuerzos de claras actitudes de dar y de recibir desde el anhelo de consolidar equilibrios y buenos propósitos. Somos capaces de ello y de más.
Como consejo, no permanezcamos impasibles ante las iniciativas y actividades que nos definen por acciones y omisiones. Tratemos de ser en y por los demás. La comunicación, en ello, es clave. Además pensemos con buena intención, proyectando que todo es mejorable, que nada es definitivo y que las resoluciones conjuntas perduran mucho más. Miremos con más densidad. Ya saben: la comunicación trae convivencia, y ésta se siente confortada y sostenida mediante la palabra, que no ha de faltar. Además, no olvidemos que las palabras, como los buenos fines, engendran más palabras, más buenos deseos.
Juan TOMÁS FRUTOS.
No obstante, tengamos en cuenta que la comprensión supone un premio añadido, y así debemos ver esa postura. El galardón es el entendimiento por sí, con lo que implica desde el punto de vista de ahorro de tiempos, de mejoras, de distorsiones que se evitan, de actitudes de reconciliación, de dicha, de pensamientos en positivo que siempre contribuyen a imaginar y a conformar un mundo más idóneo.
La felicidad tiene que ser un fin, pero no una determinación a costa de lo que sea, sino en relación a los que viven alrededor. Difícilmente podemos ser dichosos, si los demás no lo son. Para ello hemos de saber sus ideas, lo que piensan en torno a lo que acontece, sus decisiones (aquellas que han de compartir), etc.
El entendernos es la base de un sistema de convivencia. Hemos de conocer a los otros, de reconocernos en ellos, de disculpar los fracasos o errores, como los demás perdonan los nuestros. Los mejores activos en todas las relaciones vienen de las manos comunicativas, de los pies que nos invitan a caminar en unión y concordia, compartiendo pareceres e intenciones.
La realidad en progreso es posible únicamente a través del diálogo, de la tertulia buscada con formas y fondos de ganancias solidarias. Hemos de saber influirnos con refuerzos de claras actitudes de dar y de recibir desde el anhelo de consolidar equilibrios y buenos propósitos. Somos capaces de ello y de más.
Como consejo, no permanezcamos impasibles ante las iniciativas y actividades que nos definen por acciones y omisiones. Tratemos de ser en y por los demás. La comunicación, en ello, es clave. Además pensemos con buena intención, proyectando que todo es mejorable, que nada es definitivo y que las resoluciones conjuntas perduran mucho más. Miremos con más densidad. Ya saben: la comunicación trae convivencia, y ésta se siente confortada y sostenida mediante la palabra, que no ha de faltar. Además, no olvidemos que las palabras, como los buenos fines, engendran más palabras, más buenos deseos.
Juan TOMÁS FRUTOS.
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